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Los padres, Juan detrás del balón, su hermano Vicente con gorra y las primas María Teresa y Mari Carmen.
Sant Jaume i Sta Anna, los días grandes de los veranos de mi infancia en Elche.
Juan Martínez Leal (25-VII-2020)
Hoy día de Sant Jaume mis recuerdos vuelan hacia esos lejanos días de mi infancia. Los días 25 y 26 de julio, el santo patrón de España y la madre de la Virgen, marcaban el clímax vacacional y del estiu en Elche durante mi infancia, a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Eran días totalmente festivos, las fábricas cerraban y la ciudad quedaba prácticamente desierta, porque los ilicitanos emigraban a sus "faenetas" en el campo donde se juntaban las familias, casi como de navidad se tratase, a cuinar arrós amb conill y caragols y partir el melón d´aigua, bañarse en alguna balsa o "sequia" y jugar al parchís o a la baraja las largas tardes de verano.
Pero el gran éxodo se producía ya en esos años hacia Santa Pola y La Marina, donde la gran masa de ilicitanos se juntaba con una minoría de foráneos madrileños que daban el tono y la nota, supuestamente chic. Todavía no se había iniciado el boom de los apartamentos turísticos y sólo una minoría de pudientes tenían pequeños chalets hacia la playa de Levante y de lo que hoy es la Gran Playa de Poniente, que entonces le llamábamos la playa del Saladar, a partir del Sequión o Sequionet. En los primeros años no creo recordar que existiera ni el espigón de poniente que ahora acoge el Club Náutico o, sin duda, lo era mucho más pequeño.
Lo que resulta inolvidable de aquellos años era el fenómeno de "les barraques" de Santa Pola que cubría la Gran Playa, plantadas en plena arena, teniendo como frente a pocos metros el mar y como espalda el saladar, en una serpenteante hilera que recorría varios kilómetros hasta prácticamente Playa Lisa. Unas alineadas a continuación de otras, generalmente contiguas las de familiares y amigos, eran un gran escenario donde a todas horas bullía la vida. Por lo común, una barraca constaba de dos partes, el porche donde se hacía la vida, con la gran mesa para comer, las sillas y las hamacas y hasta creo recordar “trinchantes”, aparadores, donde tenían las vajillas las mujeres y encima, en casi todos los porches, ya los aparatos de radio. Estructuras de madera y lonas eran los materiales constructivos dominantes, pero las había de diseños y formas diferentes que incluso indicaban una cierta jerarquía social, medios económicos y buen gusto. En el interior las habitaciones-dormitorios estaban separadas por cortinas, telas diversas o persianillas, con camastros, catres y baúles o pequeñas mesillas. En mi época infantil estoy seguro que había un suministro eléctrico para la iluminación, tiras de bombillas a veces de distintos colores en los porches que se adornaban con guirnaldas y farolillos, como los carrers en festa.
Yo no tenía barraca, pero mis tíos maternos me llevaban todos los veranos a pasar unos días con ellos y mis primas Marité y Mari Carmen, y además a lo largo del verano los visitábamos en plan domingueros con nuestros padres o abuelos. Un millón de gracias tía Carmen y tío Juanito, tantas veces recordados también.
La vida en las barracas bullía de una forma difícil de imaginar hoy al ritmo diario acorde con las horas y las costumbres de entonces. Por la mañana era el baño, la playa y los juegos en la arena, mientras los mayores -que nos tenían a la vista- se dedicaban a sus labores: limpiar, apisonar el suelo de arena mojándolo y rastrillando, comprar y cocinar… Constantemente pasaban los carritos o carricoches ofreciendo todo tipo de viandas y bebidas en el camino que quedaba detrás de las barracas y a la vera de la playa los vendedores de chucherías y helados. Las cubas de agua surtían las tinajas y pequeños depósitos de las barracas. Creo recordar que las mujeres cocinaban en la parte de atrás en algún departamento al abrigo de los vientos, pero a cielo limpio con leña y hornillos de petróleo, y en esa parte estaba el rudimentario retrete sobre una fosa séptica, pero también ofrecía un buen servicio el saladar, a pocos metros, a donde, con el trasero al aire, se podía ser presa de la gama de insectos que se pueden imaginar.
Las horas de las comidas eran de una animación increíble, como un inmenso, variopinto y serpenteante restaurante lineal donde se mezclaban las voces y los ecos de la radio a todo sonar, con los gritos y el parloteo de niños y adultos, y la mezcla de olores de los guisos domésticos al fuego y a la leña, el nugolet de aperitivo compartido por los hombres y las familias reunidas en la mesa, mientras sonaba el parte del mediodía de Radio Nacional de España, justo a las 2,30 de la tarde. Después venía la odiada siesta por los niños y unas horas de juegos de mesa o de algún baño hasta que oscurecía y poco a poco las luces y los farolillos iluminaban mágicamente los porches creando una imagen que ahora se me parece de ensueño. No siempre, pero muchos días grupos de amigos y amigas mayores cantaban las viejas y entrañables canciones ilicitanas, habaneras y cançóns de fil y cotó… a la vora de la mar, al rumor de las olas y a la luz de la luna. Mientras, los niños y niñas nos agrupábamos en nuestros juegos y confidencias, algunos pre-adolescentes en la arena, sin perder de vista las barracas familiares.
Todo ello suponía una logística, una organización que se me escapa, pero sé que empezaba con la paga del malhadado 18 de julio, que se hacía coincidir con el comienzo de las vacaciones de los trabajadores. Entonces comenzaba el éxodo hacia las playas con la barraca a cuestas en camiones y carros tirados por mulas. Todo tenía que estar presto par cuando llegara Sant Jaume i Sta Anna, que seguro marcaba el clímax, la plenitud: después, a principios de agosto, comenzaba el declive de las barracas vacacionales y el retorno a Elx, a la fábrica y a preparar les festes d´agost. Lo dice la habanera más famosa: “Venim de la mar, no porten diners, anem a ca el mestre y no hi ha rés que fer; m´on anem a casa en un mal humor, de vore que venen, de vore que venen, els festes d´agost”.
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