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Nunca he conocido las inclinaciones políticas de mi abuelo Ángel Pérez Soto, pues nunca las ha manifestado en mi presencia, ni lo escuché hablar de tema político alguno. Tampoco te podías guiar por detalles que actualmente indicarían algún tipo de afinidad ideológica, como pueda ser qué prensa leemos habitualmente cada uno. Él era del ABC y La Verdad y, si le sobraba tiempo (cosa rara porque del ABC leía hasta las esquelas y los anuncios clasificados) se entretenía con el Marca, que era el tercero de los periódicos que siempre se han comprado en casa. Pero no podías sacar muchas conclusiones a partir de ésto, pues poco más había para elegir qué leer en aquel entonces. Lo que sí he llegado a deducir es que me da la impresión de que republicano no fue, como creo que no lo habría sido yo estando en su lugar.
Su padre empezó la fabricación de calzado en la calle Polit en 1905, y al fallecimiento de éste en 1912, la viuda y los hijos se hicieron cargo del negocio, que pasó a funcionar bajo el nombre de Viuda de Vicente Pérez Sánchez. En 1918 construyeron y se trasladaron a dos naves en el carrer Major de la Vila, y en 1927 harían lo propio al entonces llamado Barrio Nuevo, comprando y edificando una gran fábrica en toda la manzana de lo que posteriormente sería el cine Altamira. Era curioso, cada una de las naves poseía su nombre, y como ya digo que mi abuelo no era tonto, por ejemplo la principal fue bautizada como Luis XIV, acorde políticamente a la época monárquica de aquellos años.
O sea, que no les fue nada mal: en 1927 fabricaban 750 pares de zapato diarios, contaban con más de 100 máquinas en la empresa, cerca de 400 trabajadores, y de una producción anual de seis millones de pesetas entre todas las empresas ilicitanas dedicadas al zapato (17 en ese año de 1927), la tercera parte, 2 millones de pesetas, eran producidos por la Viuda de Pérez, como se conocía popularmente a la fábrica a pesar de sus varios cambios de nombre a lo largo de su historia.
Y en el año del Señor de 1931 llegó la República a nuestros lares; bueno, al de mi abuelo y sus hermanos, yo aún no estaba por aquí. No sé, ni tengo especial interés en saberlo, si ocurrió en toda España, en todos los sectores económicos, en todo Elche o si fue algo exclusivo de mi querido abuelo, pero hallábame yo consultando la Contribución General sobre la Renta de esos años (lo que hoy sería el Impuesto de Sociedades) y uno infiere que el régimen republicano no le haría demasiado tilín.
Son curiosas estas declaraciones, mucho. Cifras numéricas sólo aparece una: el beneficio declarado por el empresario, sin ninguna cuenta aneja que desglose gastos o ingresos. En 1933 mi abuelo, como representante legal de la empresa, declaró un beneficio de 132.567,39 pesetas; en 1934, de 104.357,77; y en 1935, de 67.763,12. No creo que haya que representar gráficamente la evolución de este beneficio, y eso que años antes, en 1927, facturaba 2 millones de pesetas.
Estas declaraciones contienen más curiosidades, que van más allá de la empresa y que se circunscribían al declarante, o sea, mi abuelo. Estaba obligado a rellenar conceptos como una declaración de alquileres de sus propiedades, cuántos varones y hembras tenía a su cargo como servidores domésticos (mi abuelo, que no era tonto, declaraba tener dos hembras además de especificar cuántos yates, balandros, canoas, caballos, etc… poseía).
En 1936 ya vendría la Guerra Civil, con la intervención de la empresa por un comité de control republicano, y ya no procede siquiera comentar el beneficio, por inexistente claro. Aún así, acabada la contienda, quedó una existencia de capital en la caja fuerte de 3.000.000 de pesetas en efectivo, aunque de dinero republicano, apto sólo en 1939 para echar una partida de Monopoly con los colegas y poco más.
Y como mi abuelo no era tonto, repito, lo primero que hizo para readaptarse una vez acabada la guerra fue, en el aspecto económico, erigirse en el representante de las diez empresas de calzado más importantes de Elche, y de algunas más que se adhirieron al proyecto, creando la Asociación Temporal de Fabricantes de Calzado de Elche firmando un préstamo colegiado de 1.500.000 de pesetas con el Banco Español de Crédito que asegurara la compra de las materias primas necesarias para seguir fabricando e intentar el regreso a niveles prebélicos (y si eran niveles monárquicos más que republicanos, tanto mejor).
Y en el aspecto político-laboral tampoco lo hizo tan mal según mi parecer. Aparte de haber tenido el inmenso placer personal de leer en documentos oficiales que seguía abonando la nómina a familias de trabajadores republicanos que no asistían a su puesto de trabajo al hallarse huidos por temor a las represalias del nuevo régimen, también concedió permiso retribuido a todo el personal de la empresa si éste se tomaba horas libres para prestar sus servicios en las milicias de Falange. Mi abuelo le daba a todos los palos ideológicos cuando de relacionarse con personas se trataba.
De hecho, lo primero ocasionó que el entonces gerente de la empresa -Juan Pérez Soto, hermano de mi abuelo- acabara ingresando en la cárcel del Palacio de Altamira, mientras que lo segundo provocó que Renacer, el semanario de Falange Española y de las J.O.N.S., publicara el 2 de mayo de 1939 “para conocimiento y ejemplo del pueblo de Elche”, una proclama titulada “Rasgo loable” en la que agradecía a la empresa su “gran espíritu de que está invadida después de los tres años horrendos sufridos por la tiranía roja”.
Lo dicho: mi abuelo no era tonto, y creo que republicano tampoco.
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