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El escritor, dramaturgo y cineasta Vicente Molina Foix en su proclamación como Hijo Predilecto de Elche (2022)

Enviado por José Filiu Casado el
Datos de la imagen
Fecha
1 de junio de 2022
Lugar
Salón de Plenos - Ayuntamiento de Elche (03202)
Colección/Fuente
Ayuntamiento de Elche

Por una coincidencia imprevisible, o tal vez porque así lo quiso el destino que a todos nos gobierna con su capricho, yo nací a unos 200 pasos del lugar donde estamos hoy. Se llamaba entonces la calle Zumalacárregui, nombre de un general carlista del siglo XIX que murió joven de un disparo mal dado; se le cambió después por otro nombre menos aguerrido, y me alegra que la calle donde nací recuerde ahora a Antonio González Beltrán, un hombre de teatro, fundador del grupo La Carátula, al que traté en más de una ocasión, antes de su fallecimiento, pronto hará diez años.

Cuando digo que nací en tal calle, y por mucho que la calle lleva ese nombre tan polisílabo y vascuence, no estoy haciendo metáforas, ni tampoco quiero decir que nací en un portal o en una triste acera, como los héroes infantiles del novelista Dickens. Nací, como era entonces costumbre, en el piso que mi familia ocupaba, asistida mi madre en su alcoba por una comadrona y un ginecólogo, el doctor Petschen, uno de cuyos hijos, Fernando, coetáneo mío ilicitano, sigue siendo buen y cercano amigo, al igual que lo son otros compañeros aquí presentes, y lo es, naturalmente Vicente Pérez Sansano, el hombre que sabía demasiado de Vicente Molina Foix; a menudo, incluso en horas de bohemia, le llamo por teléfono a este tocayo mío al que me unen sesenta años ininterrumpida amistad para hacerle preguntas sobre mí, que me contesta infaliblemente, no sé si con ayuda de su esposa María, la mujer amada por él y, si se me permite la licencia poética, amada asimismo por mí a lo largo de cuatro décadas de amor libre; libre y voluntario, aunque no libertino.

Vivir en la esquina de un bonito edificio Art Deco, que fue, por cierto, derruido y después reconstruido al pie de la letra arquitectónica, tenía la explicación de que mi padre era entonces interventor del ayuntamiento de Elche, y esos 200 pasos de separación le permitían ir y volver del trabajo andando a cuerpo gentil, con más tiempo para dedicarlo a nosotros, los suyos. Me contaban mis padres que yo, con seis años, en un ejercicio de colegio preguntando a los alumnos qué queríamos ser desmayares, escribí en el cuaderno escolar "inventor, como mi padre", y el haberme comido por error la segunda sílaba del trabajo paterno también quizá fuese otra jugarreta de ese mismo Destino, que predecía lo que he sido siempre: inventor de ficciones y otros mundos soñados, no tan racionalista yo como el edificio donde la comadrona ilicitana y el doctor me sacaron del vientre de mi madre.

Hoy, ante todos vosotros, autoridades, amigos y paisanos que me hacéis compañía y me hacéis feliz con vuestra presencia, quiero recordar a los ausentes. Mis padres valencianos, Rosa Foix, nacida en El Grao, y Juan Molina, de Sueca, que me hablaría años después, conociendo mis simpatías políticas, de quien había sido vecino suyo suecano, Joan Fuster, excelente escritor y gran figura intelectual en los años oscuros del franquismo. No está aquí hoy mi hermana mayor Rosa Mari, cuya salud lo impide, aunque sí están en primera fila dos de sus hijos, mis sobrinos Rafael y Margarita Mengual Molina, así como la hija de esta última, Silvia, mi única sobrina nieta. Tampoco ha podido viajar, por compromisos de trabajo, mi hermano Juan Antonio, que promete sin embargo venir en la primera ocasión que haya a ver el Misteri, y recordar así sus comienzos vocales en la escolanía infantil, donde pasó la Prova del Àngel para cantar en un agosto lejano; el cambio de destino y de provincia de mi padre le impidió a Juan Antonio bajar en la Magriña desde el cielo a la tierra.

A lo largo de muchos años yo viví una vida ilicitana un tanto irreal y por ello muy aventurera, casi corsaria. Mi padre acabó su carrera administrativa en la Diputación de Alicante, donde se jubiló y fallecería el último día del año 1978. Yo, el único soltero de los tres hermanos Molina Foix, seguí viniendo a ver a mi madre viuda, de la que además de hijo me hice amigo, formando con ella una pareja de viajeros conjuntos y cómplices. Mi madre me contaba en esas veladas de viaje, algunas de ellas cantábricas e incluso africanas, escenas y ocurrencias de mi propia vida pueril; y lo mismo hacían mis dos hermanos, que en los años de Elche ya eran mayorcitos, v completaban con sus recuerdos benévolos las travesuras y gracietas del niño que fui yo; las recordaban mejor no sólo porque ellos estaban más formados que yo, sino por haberlas sufrido de su hermanito Vicentín.

La familia, tanto la que es feliz como la desdichada, es el nido de la literatura, que sin memoria no es nada. Me sentí feliz doblemente en el año 1990, dándole a mi madre una alegría y a mí mismo el orgullo de ser Caballero Portaestandarte del Misteri en las representaciones de agosto. Mi madre se instaló en Elche conmigo durante toda la semana de Fiestas de la Virgen, y no se perdió ni una sola de las funciones de tarde y noche de la Festa, viendo a su hijo Vicente embutido en el chaqué paterno, el de su marido ajustado a mis medidas, ascendiendo el andador de la basílica flanqueado por sus Electos, que en este caso eran ni más ni menos que Joan Castaño y el ya aquí mencionado autor de la Laudatio, Vicente Pérez Sansano. Mis padres, por cierto, se habían aficionado mucho al Misteri en sus años ilicitanos, y me contaba que en una ocasión me llevaron con ellos a uno de los ensayos, yo aún en brazos y ya algo rebelde, como he seguido siéndolo, a veces. El relato o leyenda de aquel día era que la música cantada por los niños ante los vía crucis del templo me amansó, y la apertura del cielo pintado me hizo llorar; de emoción decía mi madre, que era la portadora de su hijito; de pánico, según mi padre, que siendo de Sueca cultivaba ironía inglesa.

En los años alicantinos de mi familia, que empezaron en la década de 1950, yo tenía una doble vida. una, la vida normal de un niño de familia burguesa y colegio religioso. La otra, más clandestina, aunque muy bien acogida por mis padres y hermanos (que así se libraban de mí un día y medio a la semana), la de un niño mimado por dos ilicitanos que nunca he olvidado, Rosa Román, y Sebastián Gira, mis padrinos de bautismo en la parroquia del salvador, y casi unos padres segundos para mí, no teniendo ellos hijos propios y siendo yo muy proclive a los halagos infantiles. Esa escapada semanal del núcleo familiar tenía dos grandes clímax para mí. Llevado en coche por mi padrino Sebastiárì, yo me instalaba en el Hotel Comercio, lugar de gran solera, situado en el ángulo opuesto al campanario de Calendura en esta misma plaza del Ayuntamiento. Propiedad del padre de mi madrina, el Comercio era un hotel antiguo y confortable, con un vestíbulo de sofás que habían tenido su más bella época en la belle époque. Los viajantes, su clientela habitual, no solían quedarse los fines de semana, y yo podía elegir para la noche del sábado entre todos los cuartos libres, cuartos de techos altos, bañeras elevadas sobre patas desgarra en las baldosas, y roperos corridos en el dormitorio, tan grandes que en su interior cabía un niño curioso como yo. El clímax del domingo trascurría en Altabix, donde mi padrino, que era socio del club de fútbol, me llevaba a ver el partido de un Elche de primera división.

No hace ni siquiera un mes vine a Elx a presentar en el aula de cultura de la Fundación Mediterráneo el número especial que la revista literaria aragonesa Turia me ha dedicado, y que, en un día de lluvia furiosa nada característico de nuestra tierra, tuvo muchos de vosotros entre el público valiente de aquella tarde de perros. El mal tiempo continuó con un poco menos de fiereza el día siguiente, pero no me impidió dar un paseo finar por nuestra ciudad, antes de tomar el tren. Fue un paseo rememorativo cuatro damas de importancia. La primera no podía ser otra más que mi madre, la valenciana divina que un día del invierno de 1946 tuvo, por inspiración divina, la idea de engendrarme en Elche, con la trascendental colaboración de mi padre. Era obligado a continuación saludar a la Santa María de mis emociones, estéticas más que religiosas, y no olvidarme tampoco de la enjoyada sacerdotisa íbera de la Glorieta; esa Dama de Elche es muy bella pero no deja de ser un simulacro de la auténtica, hospedada en la calle Serrano de Madrid, no sabemos aún si como residente fija o transeúnte.

Me he sentido apreciado y seguido por la gente de esta querida ciudad, desde los regidores municipales de distintas etapas de la democracia, los patronos y artífices del Misteri, hasta los más jóvenes artistas que empiezan ya triunfan, llenando de nuevos contenidos a un Elx en expansión y que no es el de mi infancia: una ciudad que yo conocí más pequeña cuando yo era muy pequeño y al crecer ha crecido dentro de mí. Pero me queda por hablar de la cuarta dama de mi paseo. No es pariente mía ni lleva una corona celeste, ni está en la calle Serrano de Madrid. Es más modesta, aunque muy airosa. Y es femenina pero también recia. Su proximidad y abundancia nos señala y nos individualiza: tenemos que guardarla y protegerla. Pues sin las palmeras fecundas de nuestro singular paisaje, Elche sería un paraíso empobrecido, y nosotros los huérfanos expulsados por codicia o descuido.

Fotógrafo
José García Domene
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