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Camino del campo de concentración de Albatera, parada en la Estación de Elche.
Eduardo de Guzmán: El año de la Victoria, pp 192-195.
"Todo el trayecto está cuidadosamente vigilado. Grupos de soldados montan guardia en los altozanos y cada cien o doscientos metros cruzamos ante centinelas que vigilan la vía. No es posible intentar la fuga. Cualquiera que saltase de un vagón, caso de que no cayese bajo los disparos de quienes marchan en el mismo convoy, sería descubierto, apresado o muerto sin tardanza por quienes vigilan en tierra con las armas en la mano.
El tren no debe marchar a más de veinticinco kilómetros por hora. Aun así, pronto perdemos de vista el mar para cruzar las pequeñas alturas que se prolongan hacia el Este en el cabo de Santa Pola. Superadas éstas, descendemos hacia la llanura, que se prolonga más allá de Elche. Atravesamos unos palmerales mientras perdemos velocidad. Al cabo el convoy se detiene en la estación de Elche, si bien más de la mitad de los vagones quedan fuera de sus andenes. Hay numerosas viviendas cerca de la vía por uno y otro lado. Contra lo que podríamos esperar, en la puerta de todas están sus moradores, que incluso van acercándose para ver más de cerca los vagones, buscando quizá algún rostro conocido o familiar. Como ocurre en las calles de Alicante, son mujeres o chicos en su casi totalidad. Tan sólo aquí y allá descubrimos algunos viejos que son precisamente quienes se muestran más prudentes ante la presencia de los soldados.
La estación de Elche está guardada por moros de Regulares, que cuando el convoy se detiene, extienden su vigilancia a todo lo largo del convoy. En general, observan una conducta correcta e incluso deferente, sin gritos, insultos ni amenazas a los prisioneros. Se limitan a cumplir con su deber cuidando de que ninguno pueda escapar, pero lo hacen sin malos gestos. Ni siquiera se oponen a que muchos chicos y mujeres se acerquen al tren y puedan cambiar algunas palabras con los presos.
—¡Agua, un poco de agua…! De todos los vagones salen voces pidiendo algo de beber.
Tras una breve vacilación, y luego de consultar con la mirada a los moros que vigilan, algunas de las mujeres mandan a los chicos a las casas próximas y vuelven al poco rato con botijos y botellas. La gente tiene sed, porque muchos no han bebido nada desde la noche anterior. Son ya las dos y media de la tarde y en el interior de los coches, apretados unos con otros, hace un calor asfixiante.
—¡Abran, por favor! ¡Se está muriendo uno!
Las voces salen de uno de los vagones de ganado, cuyas puertas están cerradas y precintadas. Gritos procedentes de los vagones contiguos repiten la llamada. Los moros vacilan sin saber qué hacer. A los gritos acuden algunos de los que marchan en el coche enganchado a retaguardia del convoy en funciones de vigilancia.
Oigo gritar en forma destemplada al que debe mandarles.
—¡Silencio…! ¡Silencio he dicho…! Al que no se calle le cerraremos la boca a tiros.
—¡Es que hay un hombre medio muerto! —se atreven a protestar los ocupantes de uno de los vagones. —¡Trucos, no! El que no cierre el pico…
—No es un truco. Acaba de sufrir un ataque y si no se le atiende…
—¡Que se muera!
Abren, no obstante, la puerta del vagón un momento y tras lanzar una serie de amenazas contra los que van dentro, la vuelven a cerrar con estrépito. Desde la vía, unas mujeres me tienden un botijo, que meto hacia dentro y un puñado de naranjas que me quitan de las manos los que no pueden asomarse a la ventanilla. Una mujer, de unos cuarenta años, que acompaña a quien nos las ha dado, todavía se disculpa:
—Es lo único que tenemos…
Tiene lágrimas en los ojos y un ligero temblor en la voz. Me imagino que debe tener algún familiar cercano —hijos, marido o padre— en situación semejante a la nuestra. Lo mismo debe sucederle a no pocos de los chicos y a las mujeres que a lo largo del tren parado, y gracias a la tolerancia de los moros, nos proporcionan un poco de agua, naranjas y algunos trozos de pan que devoramos. La parada ha durado quince o veinte minutos.
De pronto suena una campanada, hay voces y carreras en los andenes de la estación, pita cuatro o cinco veces la locomotora y el tren reanuda su marcha. Con mucha lentitud, al principio, con mayor rapidez luego. Agitamos las manos despidiéndonos de quienes nos han auxiliado.
Casi todas las mujeres lloran al vernos alejar. De repente una de las mujeres —una chica joven— eleva la mano derecha y cierra decidida el puño. Tras una breve vacilación otras la imitan. Pronto, mujeres y chicos a ambos lados de la vía, alzan sus puños cerrados por encima de la cabeza. Los moros las contemplan sorprendidos; no hacen nada, asombrados quizá por la resolución desesperada de las mujeres. Hace falta mucho valor para este saludo el día 7 de abril y en presencia de todo el mundo. Contestamos en la misma forma.
En uno de los vagones de ganado empiezan a cantar «La Internacional». No cantan muy entonados, pero sí con todas sus fuerzas. Pronto les contestan desde el interior de otros coches. En nuestro departamento les secunda la mayoría. El aire va llenándose de las conocidas estrofas:
«Agrupémonos todos
en la lucha final
y el grito para unirnos sea
¡viva La Internacional…!».
Aún perdura la emoción en todos, cuando, tras cruzar el Vinalopó, dejamos atrás a Elche, con sus palmerales y el espectáculo impresionante de mujeres y niños con los puños en alto, saludando al tren en que marchamos con destino todavía ignorado por todos nosotros. El tren corre ahora por una extensa llanura, limitada por un lado por la costa y la laguna denominada Albufera de Elche, y por el otro, por las alturas de la sierra Madera. La llanura, de suelo salitroso, tiene mucho de esteparia. Su uniformidad se interrumpe aquí y allá por bosquecillos de palmeras".
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