Datos biográficos
FAIZA ZERROUKI BOUTABA
"Un nuevo día, y es que cómo pasa el tiempo. Pero, no es un día más, hoy es un día especial, es uno de esos que hace que los recuerdos te vuelvan a la memoria. Recuerdos. Algunos se intentan olvidar, otros quieres que permanezcan ahí para siempre, para poder levantarte cada día y creer que todo se acabará arreglando.
Hoy es el cumpleaños de mi padre. En una fecha donde todos los hermanos nos reunimos en mi casa para celebrar un momento tan especial para nosotros. Pero mi padre no está aquí, ese es el mayor de los problemas. Él sigue en Argelia, nuestro país, junto a mi madre. No quisieron emprender la aventura de dejar su país, como hicieron todos sus hijos. La verdad es que es comprensible. Ahora tanto la postura de mis padres como la nuestra la entiendo perfectamente, desde que salí de allí, puedo entender cualquier postura, excepto la de la burocracia de este país.
Nunca pensé que acabaría viviendo aquí, en Elche. Y es que la vida da muchas vueltas. Todo empezó en Argel, la capital de Argelia, allí nací yo, en 1967. Pertenezco a una familia muy unida, somos cuatro hermanas y un hermano. Mi padre era policía y residíamos en una urbanización especial para la policía, como ocurre aquí con la guardia civil, pero con instalaciones deportivas y zonas verdes. Lo echo tanto de menos.
Mis padres valoraban mucho la educación de sus hijos, en general toda la sociedad de la época. La educación en Argelia es muy similar a la española: se estudiaba seis años de educación primaria, cuatro de secundaria y tres años de bachillerato, aunque para ir pasando de ciclo se debía aprobar un examen parecido a la selectividad. Además, en cuanto al idioma, en Argelia tanto el árabe como el francés son lenguas oficiales, así que los dos primeros años se imparten las asignaturas en árabe, al tercer año se puede elegir entre francés, árabe o los dos. Yo quise los dos, ya que podría tener más salidas profesionales.
La verdad es que nunca tuvieron motivos para quejarse, hemos sido siempre unos hijos muy buenos estudiantes: mi hermano es ingeniero y menos una hermana, todas somos ingenieras.
¡Qué recuerdos! Sin darme cuenta me he ido dirigiendo al mueble donde guardamos los álbumes de fotos. ¡Lo que hace el subconsciente! Cuánto tiempo sin abrirlo, está viejo y cubierto de polvo como mi anterior vida (debería restaurarlo un poquito). Lo abro con un poco de respeto, quizá me da miedo encontrarme con el pasado, no quiero que mis hijos me vean triste un día como hoy, donde toda la familia nos reunimos. Aparecen varias fotos: viejas, nuevas, pero hay una que es más especial para mi. En ella estamos mi marido y yo, antes de casarnos, junto a unos compañeros de la universidad.
Allí conocí a mi marido, en la universidad. Los dos estudiábamos ingeniería agrónoma, nos encanta el medio ambiente y la ecología. Yo me especialicé en fitotecnia (ciencia para la producción agrícola). Éramos 300 personas en la carrera de ingeniería agrónoma, pero poco a poco te vas especializando en una parte de ésta. La carrera dura tres años más dos años de especialidad. La verdad es que fueron de los mejores años de mi vida. La universidad era un mundo aparte, donde conocías a un montón de gente con tus mismas inquietudes, aunque había mucha competencia a la hora de sacar la mejor nota.
Al poco tiempo de acabar la carrera, decidimos casarnos. Eran tiempos muy revueltos en Argelia. Corría el año 1994 y las relaciones con nuestro país vecino Marruecos no iban muy bien, de hecho en ese año se cerró la frontera con lo que hubo un rápido deterioro de la situación en Argelia. De hecho, en ese mismo año de 1994 se sucedieron las iniciativas de apoyo a la perpetuación del régimen argelino : firma en abril de un acuerdo stand-by de cuatro años con el Fondo Monetario Internacional, que implicaba una reestructuración de la asfixiante deuda externa, que en aquellos momentos suponía más del 40 % de las exportaciones, reanudación de las ventas de armas por Francia suspendidas desde 1992, e integración de Argelia en el Diálogo Mediterráneo de la OTAN, en octubre de 1994, del que inicialmente había sido excluida. Todo ello sin olvidar la guerra civil en la que estábamos inmersos.
En las calles reinaba un ambiente de violencia y tensión preocupante. En casa todos estábamos preocupados y muy al tanto de lo que ocurría, ya que mi padre pertenecía a la policía.
A causa de la guerra y la mala alimentación, tres meses antes de casarme cogí diabetes, pero no fue impedimento alguno. La verdad es que fue una locura casarse en aquellos momentos, pero creo que fue lo más correcto. Estuvimos viviendo en Argel durante tres meses y después decidimos irnos de allí. No nos quedó más remedio, ya que gastábamos todo nuestro sueldo comprando insulina en el mercado negro, además estábamos en peligro por ser hijos de policía y emigramos todos los hermanos poco a poco. Pero, ¿dónde irnos? En los países del norte de África siempre se piensa en España porque es la puerta hacia Europa, así que aprovechamos que no teníamos hijos para emprender la aventura hacia el viejo continente, concretamente hacia España.
Todavía me acuerdo de aquel viaje y de cómo fuimos a parar a Barcelona. Pura casualidad. Allí pasamos seis meses, y coincidió con la fiesta del Ramadán, una celebración muy importante en nuestra cultura. Recuerdo que conseguimos unas pocas monedas para poder llamar a Argelia y hablar con nuestra familia, pero no fue suficiente. Los primeros días fueron difíciles, se añora mucho todo, claro de la noche a la mañana hubo un giro de 180º.
Ni me había dado cuenta de la hora que es, tengo que despertar a los niños. Menos mal que ellos están ahí. Es la única razón por la que no volvemos a Argelia. Los tres nacieron en España. Mi primer hijo nació en Madrid, nuestro segundo lugar de residencia.
Después de haber pasado seis meses en Barcelona, sin conseguir trabajo en ningún lado, decidimos irnos a probar suerte a Madrid. Allí, mi marido se dedicaba a vender tabaco por la calle. No nos contrataban en ninguna parte, además yo estaba embarazada y al ser diabética estuve hospitalizada durante varias semanas antes del parto y después.
No se estaba mal en el hospital. Estaba bien atendida y el personal era muy amable con nosotros. Allí pasamos las fiestas de navidad. No lo olvidaré nunca. Durante esas fiestas por el hospital pasaba un cura visitando a los pacientes. Cuando entró en mi habitación me vio muy desconsolada y me preguntó si quería algo por Navidad. Entonces, yo cogí un papel y un bolígrafo y le expliqué que quería un diccionario francés-español. Al párroco le pareció tan curioso que al día siguiente volvió a traerme el diccionario. Me hizo mucha ilusión, ya que apenas comprendía el español y gracias a él pude comunicarme con los demás. Nunca me ha gustado depender de la gente, siempre he pensado que puedo valerme por mí misma.
Estuvimos un año en Madrid, pero teníamos un vecino marroquí que nos amenazó con matarnos si me volvía a ver con el velo puesto. El velo, algo tan importante para nuestra sociedad y tan insignificante para los demás. Nunca pensé que la intolerancia llegaba a tales niveles. Así que un amigo nos prestó temporalmente un apartamento que tenía en Los Arenales, y nos trasladamos allí.
Menos mal que más tarde conseguimos un piso en Torrellano y una estabilidad. Pero yo seguía con la espinita clavada, no estaba a gusto. Ni a mí ni a mi marido nos reconocían el título universitario. Comencé a trabajar limpiando casas y mi marido en una fábrica. Hasta que un día nos llegaron noticias de que mis tías estaban viviendo en Canadá. ¿por qué no probar suerte allí? Conocíamos el idioma y teníamos familia. Además ya habían nacido mis tres hijos y no tenía pensamiento de tener más. Así que en el 2002 nos fuimos para allá.
¡Qué lugar tan distinto! Cuando llegamos no nos lo podíamos creer. Nuestros títulos nos los convalidaron sin poner ninguna pega, conseguimos empleo, vivienda y los niños se adaptaron enseguida al curso escolar, pero solo estuvimos nueve meses (de septiembre a junio). Mi hijo pequeño, que entonces sólo tenía un año, cogió una grave infección en los pulmones por culpa de las bajas temperaturas y estuvo muy enfermo. Otra vez tuvimos que replantearnos el quedarnos allí. Teníamos todo, pero yo no podía permitir que mi hijo pudiera morir simplemente porque yo estaba a gusto. Con lo cual, decidimos esperar a que acabara el curso y volver a Torrellano.
Y aquí estamos los cinco. Yo ya había trabajado en Elche Acoge durante tres años con inmigrantes, para que no pasaran todo lo que pasé yo y que no se sintieran solos por no entender el idioma.
Pero cuando volvimos no encontré trabajo. Hasta que un día el INEM buscaba una persona que hablara árabe para trabajar de mediador cultural en el ayuntamiento de Crevillente. Y, ¿por qué no? En esta zona no existe un programa de orientación para inmigrantes como ocurría en Canadá, donde te recibían con los brazos abiertos.
En Crevillente hay mucha inmigración del norte de África y cuando llegan aquí no conocen el idioma del país. Los colegios de esta población se están llenando de niños procedentes de esa zona y el ayuntamiento pensó en crear este puesto de trabajo para que los niños españoles no rechazaran a los nuevos niños. Yo me dedico a acercar la cultura árabe a los españoles y que éstos enseñen la suya a los pequeños inmigrantes. Realizamos fiestas, encuentros culturales y actos similares para que, en años venideros, no se produzca racismo y oposición a que residan aquí. Simplemente que lo tengan más fácil que yo cuando llegué a España.
Es un buen trabajo, pero me gustaría encontrar un empleo que esté relacionado con la ingeniería que estudié. Aunque este país sigue sin reconocerme el título después de diez años. No existe un convenio, como el que hay en Canadá. Lo último que hice fue mandar 800 euros en octubre del año pasado a Madrid con los títulos de Argelia, pero sigo sin respuesta. Eso me desespera, pero no puedo hacer nada más.
Bueno, dejaré de divagar que tengo que volver a la realidad. Mis hermanos están a punto de llegar y hay que preparar todos los alimentos para hacer la comida. La verdad es que he conseguido asentarme en un lugar y que mi familia esté a gusto. ¿Qué más puedo pedir? Mis hijos no quieren volver a Argelia, ellos tienen aquí su vida, sus estudios y sus amigos, y donde vivan ellos, viviré yo. Tan sólo echo de menos la compañía de mis padres a los que tan unida estaba. Tocan el timbre, tendré que guardar todos estos recuerdos hasta la próxima vez".
Entrevista y transcripción de Elena Aparicio Escolano (2006)
Añadir nuevo comentario