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Pueyo Quirant, Enrique

Enviado por Luis Pueyo el
Datos biográficos
Fecha de nacimiento
28 de octubre de 1930
Lugar de nacimiento
Málaga
Fecha de muerte
14 de abril de 2021
Lugar de muerte
Almoradí
Profesión
Abogado, Secretario de Ayuntamiento, Administrativo

PUEYO QUIRANT, Enrique (Málaga, 20-X-1930 - Almoradí 14-IV-2021)  

 Se ha marchado para siempre mi padre, en el registro civil, Enrique Francisco Eduardo Pueyo Quirant, abogado, secretario-interventor de ayuntamiento, hombre inquieto y vivaz intelectualmente y una verdadera referencia cultural para toda nuestra familia. Siempre será recordado por hijos, sobrinos y demás familia política por su honradez, buena educación, mordaz humor y buen comportamiento con todos los que tuvieron la suerte de conocerlo aunque fuese un hombre de carácter y defensor de sus ideas por encima de todo, tozudo y poco dado a reconocer errores, fiel observador de los errores ajenos y, ante todo, niño de la guerra, a la que hacía referencia constantemente, joven y adolescente en la postguerra en una familia de clase media que pasó hambre y enfermedades en Alicante (su hermano padeció el Tifus Exantémico y dos hermanas murieron a los pocos meses de nacer)

ASCENDIENTES:

Sus padres, mis abuelos, nacieron en los albores del siglo XX.  Mi padre Enrique era hijo de Enrique Pueyo Vasallo, nacido en Sevilla pero residente en Alicante la mayor parte de su vida y de Francisca Quirant Escalambrín, alicantina del barrio de San Antón. Mi abuela, su madre, era hija de Francisco Quirant Mas y de Amparo Escalambrín Alufre (de posible orígenes italianos). Hermanas conocidas de mi abuela eran Mercedes, Concepción y los hermanos, Pepe,  Rafael y Francisco. Por otro lado, mi abuelo, su padre, era hijo del catedrático de la escuela de comercio de Alicante Enrique Pueyo y Ramos, sevillano destinado a Alicante y de Matilde Vasallo y Robles, hija a su vez de Nicolás Vasallo y Arcos y de Matilde Robles y Pino. Matilde, su abuela, murió muy joven, a la edad de 24 años de edad a consecuencia de una neumonía, con tres hijos del que mi abuelo Enrique era el hermano mayor de un total de 10 hermanos, pues mi bisabuelo Enrique, el catedrático, casó en segundas nupcias con la sevillana Laura León, con la que tuvo siete hijos más, recayendo en mi abuelo Enrique una gran responsabilidad como hermano mayor. Mi padre siempre decía que cuando mi bisabuelo estaba acostado y los hijos molestaban ordenaba a mi abuelo que pusiese orden en casa, como hermano-casi padre de alguno de ellos, por la diferencia de edad.  Mi bisabuelo materno, el citado Francisco Quirant Mas era hijo de Francisco Quirant Cabot, primo del Doctor Rico Cabot, insigne médico y político republicano alicantino y regentaba una carbonería en Alicante pero lo perdió todo a consecuencia de deudas contraídas a causa del juego, quitándose la vida por ello, dejando a la familia de mi abuela en una precaria y delicada situación económica. Por parte paterna, por tanto, mi padre Enrique tenía nueve tíos y tías: Matilde, Eduardo, Laura (de la que conservamos una carta manuscrita ya de anciana con una bellísima letra a pluma), Rafael, Francisco, Manuel, Fernando, Concepción y Jaime (que nació el mismo año que su sobrino, mi padre). Por parte materna siempre recordaba a su tío, al único que conocí personalmente ya muy anciano, Rafael Quirant Escalambrín, el tío Rafael, del que hablaré más adelante y a su otro tío José (Pepe) Quirant Escalambrín, que fue el que lo llevó al fútbol por vez primera al campo de Renato Bardín, en un partido de primera división. Su tercer tío materno se llamaba Francisco Quirant Escalambrín.

INFANCIA  Y FAMILIA  EN LA GUERRA CIVIL.

 Nacido por circunstancias laborales de mi abuelo, representante de la casa Guillermo Campos de salazones, en Málaga el 28 de octubre de 1930 (vivió por tanto bajo cuatro regímenes políticos distintos) no guardaba apenas recuerdos de la capital malacitana, a pesar de haber nacido allí sus otros dos hermanos menores, Francisco (Paco) y Mercedes todos bautizados en la iglesia de la Merced, aunque me dijese en los últimos tiempos que fue en el santuario de la victoria (poco probable) ya que la iglesia donde fue bautizado fue incendiada y posteriormente demolida y también perdidos los registros parroquiales. De hecho no pudo obtener la documentación bautismal que se exije para casarse porque no existía. De Málaga conservamos imágenes fotográficas con mi abuelo Enrique y de niño con juguetes. En la capital malacitana vivían por la zona de la calle Álamos. Sus recuerdos personales comienzan en la que fue realmente su ciudad, Alicante. Recordaba que de niño, al llegar a Alicante conn 5 años ya cumplidos, los niños se reían de él por su acento andaluz-malagueño, que no tardó en desaparecer con el paso del tiempo.

  Ahora me quiero quedar con su legado, sus historias de vida. Parece que la República, pero sobre todo la Guerra Civil y su consecuencia, la dictadura, marcaron para siempre su vida. El haber vivido en la retaguardia republicana, en una ciudad constantemente bombardeada, tuvo que dejar marca en la personalidad de un niño de entre 5 y 8 años. Del período republicano solía insistir por sus lecturas constantes sobre un tema que había vivido demasiado niño y por otros testimonios, en su legitimidad y, dentro de sus peroratas jocosas, recordaba "al hombre más feo de España" que decía era por entonces el líder de la CEDA, Jose Mª Gil Robles aunque tampoco se quedaba corto Don Manuel Azaña. Pero de lo que más hablaba con nosotros contando inumerables batallitas de la guerra (la guerra que vivió el abuelo, aunque fuera mi padre): el famoso "coche de la calavera" de los anarquistas, que iba realizando "paseos" a personas de derechas o denunciadas por algún vecino, el bombardeo del mercado, el 25 de Mayo de 1938 (con 7 años) que le cogió en la calle Valencia nº 7, la quinta casita que había antes de llegar a la plaza de Santa Teresa, donde jugaban al balón frente a la casa de su abuela materna, a no mucha distancia del lugar de la masacre,   y del que siguió soñando en pesadillas toda su vida, rememorando esa terrible debilidad muscular producida por el terror a morir ante el sonido de las bombas y que le impedían llegar más rápido hasta el refugio de las palmeretas, hoy plaza de Castellón (un refugio que pronto se va a recuperar para la ciudadanía). Insistía hasta el final que la desorganización del bando republicano facilitó la victoria de los rebeldes facciosos, a los que tuvo que aguantar casi 40 años de su vida, como todos los españoles de su época.

  Ese terror paralizante ante una masacre de la que solo podía intuir su gravedad por lo que iba contando la gente que llegaba al refugio, pasando allí las horas muertas solo, con la incertidumbre de lo que podía haber pasado a su familia, ya que su padre se encontraría seguramente en Maissonave trabajando y su madre comprando en algún comercio. La muerte de dos hermanitas con solo unos meses de edad: Matilde en el año 38 por un enfriamiento en el subsuelo tras muchas horas en un refugio y Amparito con 6 meses en los años 40 por una simple deshidratación consecuencia de una diarrea (de esta última conservamos la propiedad de su pequeña tumba en el cementerio). Repetía como una de sus batallitas frecuentes cómo su padre, mi abuelo, se quedaba a veces viendo caer las bombas desde el balcón (desde el que se veía el puerto a pesar de ser un primero) porque no tenía miedo a morir pùes había sido soldado durante tres años en Marruecos, mientras ellos, sus hermanos y madre bajaban directamente al refugio vestidos, ya que dormían con la ropa de calle. Nos contó que formaron parte de la famosa “columna del miedo” hacia el campo de Sant Joan  y que frecuentaban la finca La Manzaneta, posesión del jefe de mi abuelo, don Guillermo Campos, para el que trabajaba como contable y representante principal en la empresa de salazones situada por entonces en lo que no dejaba de ser una zona industrial, en la actual avenida de Maissonave, llena de naves de empresas. Aunque no estamos seguros, vivieron en Benimagrell, pedanía sanjuanera, prácticamente una calle rodeada de casas, muy cercana a San Juan. También recordaba hasta casi el final todas esas correrías por el campo sanjuanero y cómo llegaban enseguida a Muchamiel, por su cercanía. La guerra era uno de sus temas centrales en toda conversación con él. Hablaba de la desorganización de la zona republicana hasta el punto de asegurar que no se podía ir a misa en San Juan, por requisa de la iglesia por los milicianos pero que, sin embargo, en la cercana Mutxamel sí que se celebraban oficios religiosos. Todo a unos escasos kilómetros de distancia. Para él ese había sido el motivo de perder la guerra (siempre se sintió del bando perdedor aunque su familia y él hubiesen vivido siempre en la España de Franco). 

  Nos contaba sus empachos a higos y la ingesta de algarrobas por el inmenso campo alicantino y cómo hacían sus necesidades por la huerta , limpiándose con cantos rodados de cualquier manera, como salvajey cómo se vivía mejor, en general, en el campo, también en cuanto a la alimentación, con respecto a la vida en la ciudad. Las escuelas a las que fue durante la guerra, si no recuerdo mal la escuela moderna de don Franklin Albricias en la calle Calderón de la Barca y después el colegio de San Juan, todavía en pie, uno de esos colegios de la república ( Hermenegildo Giner de los Ríos, hoy Cristo de la Paz).  El final de la guerra y ese Alicante ocupado por soldados italianos y que él recordaba por las calles con su “via, via, bambini” echando a los críos que molestaban, las marchas militares sonando todo el día por altavoces, el desfile de la victoria en dónde estuvo frente al gobierno militar y los generales Saliquet y Gambara, supongo que brazo en alto junto a su padre, precisamente junto a la Casa de Socorro, dónde fueron atendidos los centenares de heridos del bombardeo del mercado. Recordaba cómo los críos vivían con total normalidad una situación que ya era de represión y anormalidad, con gente detenida en la plaza de toros o los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, que acabaron en el campo de los almendros y después desde las playas de Babel, metidos como ganado en la estación de Murcia camino hacia el horror de Albatera. Recordaba mucho la visión de la terrible mortalidad infantil, viendo casi a diario pasar pequeñitos féretros blancos camino del cementerio.  También contaba (contaban a la limón con mi tío Paco) cómo mi abuelo Enrique tenía una pistola con la que practicaba en el campo y que guardaba celosamente, ya que nunca llegaron a descubrir dónde la tenía: todas esas historias que tanto hicieron por despertar en mi la conciencia histórica y política.

 Nuestra familia, como tantas, bebió de ambos bandos en la guerra incivil de Españarevolucionaria y de izquierdas por parte de madre (su tío Rafael Quirant, pulimentador de profesión, enardecía a las masas con encendidos discursos del PCE en la Fábrica de tabacos al inicio de la guerra para después convertirse en guardia de asalto en el Madrid sitiado con funciones de protección del barrio de los embajadores internacionales), conservadora y facciosa después por parte de padre (su abuelo, Enrique Pueyo y Ramos, catedrático de la escuela de comercio de Málaga, Alicante y Sevilla decía codearse con el mismísimo Queipo de Llano durante la guerra y la postguerra, vanagloriándose de conocerlo y tratarlo y algunos de sus tíos se alistaron en la División Azul). 

  Su padre, mi abuelo, escondió en la casa alicantina a unas personas de derechas de Elche que eran perseguidas en la guerra y que posiblemente hubieran acabado “paseados”, con el riesgo que algo así conllevaba en aquellas circunstancias. Apolítico, y por lo que cuentan, persona a la que no se le podía llevar la contraria,cosa que heredó mi padre, mi abuelo Enrique Pueyo Vasallo, como dije el mayor de sus 9 hermanos y hermanastros, soldado en la guerra de Marruecos que por un mes no se pudo librar de la quinta enviada al protectorado, también ayudó a personas de izquierdas perseguidas en la postguerra (o eso nos dijo alguna vez mi padre). 

 

Elche,  Abril-Mayo de 2021

 

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