Datos biográficos
Entrevista de Miguel Ors Montenegro (15-X-2001)
Transcrita por Asunción Fenoll Cerdá
ASUNCIÓN MONTENEGRO CASTRO
"Nací el tres de agosto de 1917, en Elche. Tuve una hermana 14 meses menor que yo, Merceditas, que murió de tuberculosis en el año 27. Mi padre, Juan Montenegro Santos, nació en Albacete porque mi abuela, estando en estado, se fue a pasar una temporada a casa de su hermana y de su cuñado, que era jefe de teléfonos y nació allí. Mi madre era de Coruña, se llamaba Mercedes Castro Mosquera y murió muy joven. Mi padre se quedó viudo a los 25 años con dos hijas. Mi abuela paterna se llamaba Asunción Santos Vaillo de Llanos, “la llanica” y a mi abuelo, José Montenegro Antón, no le conocí. Mis abuelos se casaron muy jóvenes; a mi abuelo le quedaba poco para acabar la carrera de Derecho y se puso a trabajar en el Despacho de Gómez Valdivia y le dieron la administración, pero tuvo que vender todas sus fincas porque tuvo 11 hijos y ninguno estudioso. Mi abuelo materno se llamaba Ramón Castro, al que tampoco conocí y mi abuela Gregoria Mosquera, a ella la conocí un poco.
Mi padre tuvo muchos hermanos: Manuel, Juan, Asunción, Matilde y José y creo que murieron por lo menos cuatro, cuando eran pequeños y uno de ellos tenía 14 años y estudiaba en la Normal. Mi madre tuvo un hermano que se fue a Cuba y no se supo nada de él y mi abuela vivió siempre con esa pena, igual que mi abuela Asunción cuando perdió el pleito de los Vaillo de Llanos y se le fue un hermano que tenía que era médico y creo que tenía alguna otra carrera y se llevaba muchos años con mi abuela.
La casa donde nací era preciosa, era la mejor de la calle porque se ensanchaba allí y daba al río, allí viví hasta los doce años. La casa era muy grande.
Mi abuela, como los Montenegro no quisieron estudiar, tuvo que colocar a todos los hijos. Colocó a mi tío Pepe y a mi padre en la Telefónica y a mi tío Manolo le dio lo suyo, que era la administración de los Condes de Casas Rojas, el de Torrellano y la Marquesa del Bosch. Mi abuela era pariente lejana, pero le quitaron el título. Hubo un juicio y creemos que “pringaron” a Manolo Gómez Aznar, que era el tutor de mi abuela Asunción, de mi tío Andrés y de mi tía Pepita. Creo que hay un papel que dice que los poseedores del condado son los Vaillo del Llano. Mi abuela tenía una pensión para ella y para todos los Vaillo, además de la de 40 pesetas de la del jefe de telégrafos de mi abuelo, de tres pesetas diarias, que las cobraba, y del aceite y madera para todo el año.
La casa era muy grande, en el bajo había un salón a la entrada, luego un pasillo que daba al salón dormitorio de mi abuela y otro salón comedor que daba a tres habitaciones y a la cocina que daba al río. La escalera era de mosaicos con mamperlanes de madera.
Mi abuela cuidaba mucho la casa, a las siete de la mañana encendía la chimenea y, con las brasas hacía braseros que colocaba en las habitaciones y eso a los vecinos les encantaba. Los muebles eran preciosos, pero los perdimos. Don Julio dijo que no se podían desinfectar, que los diéramos al lazareto de Fontilles, que allí ya no se podían contagiar de nada más. Se equivocó; como médico era perfecto, pero esta vez se equivocó. Mi madre se murió cuando yo tenía veintiún meses y mi hermana siete y mi padre nos trajo a Elche. Mi madre se fue a La Coruña a casa de mis abuelos cuando la gripe de 1918. No pilló la gripe aquí y la pilló allí. Cuando murió mi madre, mi hermana y yo vivíamos con mi abuela y mi padre estaba en Bilbao, luego se fue a Madrid y allí se casó con Rosario. Entonces yo tenía 12 años y vivía con mis tías Asunción y Matilde y mi abuela “La Llanica”.
Empecé a ir a Las Carmelitas cuando tenía tres años y estuve allí hasta los nueve, luego fui a Las Francesas. Quería hacer Magisterio, pero luego me arrepentí e hice el bachiller. La comunión la hice con mi hermana porque ella estaba muy enferma, tenía seis años y yo siete. Nos fuimos a vivir a Torrellano por ella y la mejor fruta que había nos la traía Julio y mi padre le mandaba, fuera de temporada, de la frutería real. Murió un año después. A mi padre lo veía dos veces al año, en verano cuando yo iba a Galicia a pasar unos meses y pasaba unos días en Madrid con él y cuando él venía en invierno. Tenía muy poca relación con él.
Pasé de Las Carmelitas a Las Francesas porque a mi padre no le apañaban las monjas. Estudiábamos y hablábamos en francés y nos prepararon para ingresar en el instituto; nos examinábamos en Alicante de ingreso y luego nos acompañaban al instituto y los catedráticos nos llamaban “las del colegio”. El instituto empezó en Elche en 1932 y lo cerré yo. La mía fue la primera promoción del instituto. De los profesores recuerdo D. Justo Gil, que nos daba Matemáticas; María Pascual, Gramática; Carmen Sanz, Perspectiva y Literaria; Cardona, Fisiología, era guapísimo y tocaba muy bien el violín; Vicente Genovés daba Ética; dibujo lo daba Dionisia Masdeu, conocida como “la rojilla”; Geografía e Historia lo daba Cordero, era muy rojo y a las de las monjas nos pasaba lista; el profesor de Latín no me acuerdo quién era.
Éramos un buen curso, en total 83 alumnos, de todas clases sociales; recuerdo a Joaquín Serrano que era muy gracioso y a uno que le llamábamos “el balilo” que era muy brutote. Vino Unamuno, que era un lumbrera. Por la mañana íbamos a clase y por la tarde a “permanencias”, es decir, a estudiar y a preguntar las dudas a los profesores. Tenía 15 años cuando fui al Instituto e hice cinco años de bachiller, luego la FUE no nos dejó estudiar.
Cuando se proclamó la República, mi abuela estaba contenta y mi tía lloraba. Se hicieron “tortadas” tricolores y en la Plaza Mayor no cabía un alma. Mi abuela presidió la mesa con Julio. Durante la República viví tranquila.
Aparte de ir al instituto, iba al cine, costaba cuatro moneditas; también iba a ver zaruelas. Quería estudiar piano, pero no tenía tiempo porque yo era muy responsable y quería sacar buenas notas. En el 36 acabé quinto de bachiller y en la liberación sexto, pero examinándome por libre en Alicante.
El veinte de febrero de 1936, el día de la quema de las iglesias, recuerdo que noté que el pueblo estaba vacío, era horroroso. Mi tía tenía 40 de fiebre y Julio me dijo “nena, prepara la ropa que la tarde se presenta muy fea”. Tiraron el piano de “la cívica” por el balcón y se oyó un gran estruendo. El Salvador y San Juan estaban ardiendo. Julio sacó a las monjas de las Clarisas del Convento y las repartió por casas particulares, por donde quisieron acogerlas. Nos llegaba el humo desde Santa María y tenía mucho miedo. Mi tía se fue al Ayuntamiento y se encontró a Manolo Rodríguez cenando en el arco y le dijo “camarada, ¿usted gusta?”, mi tía le dio las gracias y le dijo que lo que quería era mandar un telegrama porque en su casa estaba entrando el humo de Santa María, pero lo que realmente le importaba era salvar la iglesia y así lo hizo, mandó un telegrama al Ministerio de la Gobernación. Como vecina pedía auxilio porque Santa María estaba hecha de sillares y podría caer en cualquier momento. Los bomberos tardaron unos 10 minutos en llegar. En las columnas de Santa María estaba Ginés Ganga apaciguando a la gente, aunque hay quien dice que lo que hacía era darles prisa, pero no lo sé porque no lo oí. Había muchas mujeres, más que hombres, con cubos de gasolina para quemarlo todo. Me fui a vivir a la casa de Santa María, que era de mi abuela pero para mi tía Asunción, después de vivir en la casa de Julio en la Plaza Mayor, porque mi tío Manolo le hizo algo muy feo a mi tía Asunción. En el momento de la liberación, llenaron la casa de refugiados y aquello se convirtió en una pocilga. Eran evacuados de Málaga, calculo que habría unas 15 ó 20 personas. Por eso no resisto que nadie hable mal de Julio, era un caballero y no se le puede comparar con la chusma. A partir de la quema de las iglesias ya no pude estudiar y me quedé con mi tía Asunción; mi tía Matilde y mi abuela Asunción ya habían muerto. Me enteré del principio de la guerra porque las noticias vuelan, no leía la prensa ni oía la radio.
La familia de mi marido estaba en el campo y “la chavala” fue la que me dijo “no sabes como está el pueblo…”. Durante la guerra fui a una academia a practicar máquina, era muy mala, hasta tenían faltas de ortografía. Allí me encontré con “La Cucala”, la hija de Juan Hernández Rizo.
A mi tío Manolo lo querían matar y mi tía Georgina le dijo a su hermanoTeobaldo, que le hicieron comisario, que sabía que a Manolo lo iban a sacar esa noche del Palacio de Altamira para matarlo y, que si lo hacían, dejaba a cinco hijos y a ella sola y que si pasaba eso, que a él no le matarían sus enemigos, que lo mataría ella, y eso que era su hermano. Como defensa dijo que su cuñado no era político y que no sabía donde estaba el Conde de Casas Rojas y que durante la Dictadura, Alberto Ganga quiso que fuera alcalde y él no quiso. A mi tía Asunción no la detuvieron porque no era de “Acción Cívica”, pero si era de Acción Católica y Camarera de la Virgen. Los rojos fueron justos, sólo se metieron con los políticos y de mi familia solo detuvieron a mi tío Manolo. Mi padre era republicano y se vino a Elche al principio de la República a sustituir al jefe de Telefónica que fue asesinado. La responsable era la primera mujer de Juanito Selva, Asunción.
Durante la guerra no pasamos hambre, no carecimos de nada, pero la alimentación no era muy buena; mi padre murió de tuberculosis. Mi tía guisaba muy bien, pero escatimaba el aceite de la comida porque teníamos escondido al Santísimo y siempre tenía una palmatoria encendida.
Aunque sólo tenía cinco años de bachillerato, por mediación de unos amigos me dieron una escuela; me dieron a elegir entre tres y elegí Fortuna y allí me fui de interina, creo que cobraba 300 pesetas. al mes y no tenía en qu gastarlas.´La casa de la escuela estaba encima de Abastos y siempre hacían un apartado para la maestra, además tenía a la hija del notario, del secretario y de un alcalde, y me regalaban de todo, hasta pan blanco, cuando nadie tenía ese pan.
Recuerdo al padre de Aurelia Coquillat, nadie entiende por qué lo mataron, era un mujeriego y nunca iba a misa ni estaba metido en política; Carmelo, en cambio era de comunión diaria, pero se negó a certificar una muerte natural cuando no lo era y a los dos días se lo cargaron. Me daban pena María García y su sobrina, las encontraron muertas y abrazadas; detuvieron a todos los de Acción Cívica.
Recuerdo a Antonia Ruiz de la Escalera, era hija y mujer de General. Vivía en Zaragoza y no tenía hijos. Dijo a su marido que había tenido un sueño y siguiendo esa premonición, lo vendieron todo y lo repartieron. En Elche iba a una tienda, compraba lo que necesitaba para pasar el mes y, lo que le sobraba de la pensión lo repartía. Adoptó a dos hermanos discapacitados, Andresito y Carolina, que venían de una familia de refugiados y les dejó como albacea a Eduardo Verdú y dejó dicho que en la institución dónde estuvieran, no les faltaran ni flanes ni natillas, que era lo que más les gustaban. En el Asilo les hicieron una habitación para cada uno de ellos y ellas sabrán lo que habrán heredado de esos chicos; la finca tenía 30 tahullas y al venderla por metros, habrán ganado una millonada y encima le dio a las monjas de la caridad su panteón. Fueron a detenerla por ser de Acción Cívica y dijo que ella no se movía de su casa, por lo que tuvieron que sacarla y subirla a una camioneta sentada en su mecedora. La llevaron a San José, donde estaban las mujeres.
Volviendo a la época de maestra, no me gustaba nada; mi tía abría la escuela y yo les enseñaba canciones, a los mayores esa de “eres alta y delagada…” y a los pequeños “cinco dedos tiene la mano, cinco tiene la otra…” y luego leían un poco y otro escribía y luego dormían. Cuando Tomaron Barcelona, mi tía y yo volvimos a Elche y hasta que acabó la guerra no hice nada.
Al entierro de Juan Hernández Rizo, el padre de “La Cucala”, la que conocí en la academia, no fui porque se me notaba en la cara que no era de ellos; había gente que cuando pasaba al lado de mi tía decía: “qué olor a cera…”, por eso no fui al entierro. Fíjate como es la vida que “La Cucala” vino un día a mi casa y vio el escapulario que llevaba mi tía al cuello, se dio cuenta del cordón que llevaba al cuello y le preguntó que era eso, mi tía le dijo que era su madre y que la quería mucho y si ella no la quería era porque no la conocía; entonces le preguntó si la enseñaría a rezar, a lo que mi tía le dijo que por supuesto que sí. A los dos días Besteiro entregó Madrid.
El final de la guerra lo viví con alegría y con pena. A mi tío Pepe no le admitieron en Telefónica sólo por ser funcionario y era muy buena persona y con mi padre hubieran hecho lo mismo; mi tío Manolo pasó la guerra con prisión atenuada, sólo podía ir de Elche a Guardamar. Mi tío Manolo quiso sacar a Teobaldo de la cárcel, mi tía Georgina dijo que no le importaba que hubiera perdido la carrera, estaba dispuesta a vender todo lo que tenía, pero que lo soltaran porque era muy mayor. Fueron a hablar con Teresa Cosidó y le dijo que no lo iba a denunciar, pero que favor tampoco le iba a hacer, que pensáramos que a su marido lo habían matado en la carretera.
Todos mis ahorros, 30 ó 40 pesetas, se las di a mi tía para que comprara jamón y queso y cosas buenas para mi tío Pepe que estaba en la cárcel de Porlier. A mi tío Salvador lo mataron delante de mi tía y mis primas en Játiva.
Con la liberación acabé el último curso de bachillerato en Alicante y me aprobaron; entonces me fui a estudiar magisterio a Ciudad Real porque la superiora del mejor colegio que había allí, el de San José, era amiga de mi tía Asunción. Aprobé todo el magisterio en un año, todo con notables. Nos llamaban “las maestras del duro” por hacerlo en un año. Volví a Elche y me dieron una escuela en Redován. No me gustaba nada y mandaba a Elvirita y no paraban de denunciarme porque ella no era maestra, entonces mi tía, como tenía muy buenas amistades, habló con D. Filiberto Aguirre, arcipreste de Santa María, se lo contó y él habló con el secretario del ayuntamiento y me colocó en las oficinas centrales. Era el año 40 y entonces me empeñé en opositar al Ministerio del Interior, quería ser policía, así que me dejé el Ayuntamiento después de un año más o menos. Me fui a Madrid y suspendí. Al volver a Elche le di clases a la hija de Andrés Serrano, el de las harinas.
Antes de salir con mi marido, salí con un tal Muñoz, de Orihuela, estudiaba medicina y le conocí bailando en el Casino, luego salí con un rentista de Guardamar. Conocí a mi marido y después de tres años de relaciones me casé con él. Estando haciendo la mili se fue a la División Azul; mi suegro dice que no fue porque era muy mayor. Ellos decían que Rusia era culpable, pero no tanto de las calamidades que pasaron. Cuando peor estaba la cosa le ponían “suspiros de España”.
Yo quería casarme de blanco, pero mi tía y mi novio querían que me casara con teja y mantilla y así lo hice. Me casé en Santa María que todavía estaba de obras. La celebración la hicimos en mi casa, tenía 500 metros. y los camareros eran falangistas. Me apunté a la Falange en un momento de euforia con Manolo Peral, pero nunca fui activa. Mi marido trabajaba en la fábrica de Sansano; yo le decía que su cabeza no era para eso y le pedí a mi tía que le escribiera al Conde de Casas Rojas, que estaba de embajador en Río de Janeiro, para que le buscara algo para él; yo estaba dispuesta a irme, pero él, quería mucho a sus hermanas, se le hacía una montaña irse, así que, aunque el conde le brindó su apoyo, el dijo que se quedaba.
Cerró la fábrica de Sansano y, estando en la terraza de la Falange, al lado del director de la Caja de Ahorros Provincial, le preguntó si era bueno eso de las cajas; le contestó que era estupendo y que pronto iban a abrir aquí una sucursal de la Caja de Ahorros de Novelda y que si quería, tendría muchas oportunidades de ser él el director. Habló con Gómez Aranda, Pepe Fernández y Garrigós, el propietario de Radio Elche. Se quedó él con la plaza dejando fuera hasta a notarios, nunca estuvo sin trabajo.
Cuando nació mi hijo mayor, Adolfo, me atendió Rosario y Lucerga, porque Julio estaba en la cárcel de Porlier, estuvo tres años después de la guerra; cuando volvió yo llevaba tres meses en cama, tenía tumores que no me curaba, ni la homeopatía, me dio una flebitis y Joaquín Lucerga me quería cortar los pechos, una barbaridad dijo Julio, y eso que era su yerno. Mi tía y mi marido fueron al huerto a sacar a Julio, él no le conocía porque su médico era Carmelo, pero gracias a que lo sacó yo me curé. Mi hijo Adolfo tenía hambre, así que busqué un ama de cría, Nieves, para que lo amamantara. Entonces yo tenía 1.000 pesetas para pasar el mes y le daba a ella 500, aparte de mantenerla y alimentarla y entonces una muchacha ganaba 30 pesetas al mes. Por la noche le daba “Pelargón”. El ama venía por la mañana y pasaba todo el día en casa y me ayudaba en las faenas, yo la quiero mucho. La eligió Julio; las amas iban al huerto y Julio les analizaba la leche y la eligió él. Su hijo murió de meningitis infecciosa y Julio me dijo que la rociara con alcohol para que no nos contagiara, hasta que encontráramos otra. Le dije que no volviera más porque ya le dábamos papilla al niño y no quería perder la amistad.
Al año nació mi hija y Julio me vendó para que no me volviera a pasar lo mismo con la leche y tuve que buscar otra ama de cría, Colasa. Ella se llevó la niña y todas sus cosas a su casa y le daba 400 pesetas al mes. Vivía en una casa en la que había que pasar primero por una cuadra. Cuando cumplió un año nos llevamos a la niña, pero ella no quería y la niña lloraba porque se quería quedar con ellos. Luego nació Juan y en el 56 Miguel, en medio tuve un aborto de 2 ó 3 meses. Mi tía murió en 1953…
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Impresionante testimonio,
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