Datos biográficos
MEDRANO HEREDIA, Justo (Tánger, 4-X-1937). Sus abuelos paternos procedían de La Rioja y sus abuelos maternos de Sevilla y Málaga y emigraron a Tánger cuando la ciudad tenía un status de puerto franco con un comercio preferente. Su abuelo paterno fue maestro de obras y su abuelo materno carpintero. Su padre también se dedicó a la construcción Es el mayor de tres hermanos -dos hermanas y él-. El abuelo materno padeció por ser masón la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo y fue obligado a retractarse canónicamente, padeciendo cárcel y multa. Justo comenzó a estudiar con los Hermanos Maristas de Tánger pero por razones económicas, al no ser asumible por la economía familiar, pasó al Instituto Politécnico Español de Tánger en torno al año 1947. Recuerda que tuvo excelentes profesores como Juan María López Aguilar de literatura clásica, Manuel Segura de Historia o Antonio Cobo de Filosofía. Del Instituto y de aquellos buenos profesores le quedó su querencia con Baruch Espinosa. Decidió estudiar Medicina influido por la figura del médico Felipe Maté, un médico de Tánger que atendía a judíos, arábes y cristianos. Terminado el bachillerato marchó a la Universidad de Sevilla y entró a una residencia universitaria con un director salesiano. De aquella resdiencia había sido expulsado un buen estudiante, Juan Jesús Manzano, que fue a preparar un examen con Justo. El director le obligó a marcharse de la residencia y el asunto terminó con la expulsión de la residencia del propio Justo. Cuando se lo contó a su padre, este no le concedió mayor importancia y se fue a estudiar a un piso con "amigos rebeldes". Su recuerdo es el de una buena Universidad y una buena formación, incluida la formación recibida por un profesor represaliados como Leon de Castro. Formó parte de la redacción de la revista Hospital en la que escribió dos artículos sobre España fuera del Mercado Común Europeo. Participó también en la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE) junto a Diego Mir Jordán, delegado de facultad y el estudiante más preparado según recuerda Justo, que hizo las veces de subdelegado. A raíz de la detención del delegado, la facultad hizo una huelga de dos semanas y a Justo le fue retirado su pasaporte. Como estaba al final de la carrera -el año 1963- y tenía la posibilidad de formarse en la Universidad de Colonia, recurrió al jefe de policía de Sevilla, al ser el padre de un compañero de estudios, Diego Mir Jordán, y excelene estudiante, que se había ido a Estados Unidos a terminar su formación. Y en dos días se lo arregló. Se fue a Alemania y allí trabajó y dio clases entre 1963 y 1978. Recuerda que encontró una "sociedad luminosa" pero también que su formación universitaria había sido mejor que la de sus nuevos compañeros alemanes. Se sintió muy cerca de los españoles que había ido allí a trabajar en aquellos años y que eran llamados gastarbeiter o trabajadores extranjeros (italianos, turcos, españoles, magrebíes...). Trabajaban desde las seis de la mañana "hasta las tantas" y habían horas extras los sábados y los domingos. No gastaban un marco que no fuera imprescindible y volvían a España al cabo de 10, 12 o 14 años de trabajo para poner un pequeño negocio. Realizó su tesis doctoral -"Die Aortenringbildungen und verwandte anomalien"- después de cinco años de trabajo y de aprendizaje del alemán y tuvo dos excelentes maestros, los doctores Georg Heberer y Friedrich Willhelm Eigler. El contacto con estos profesores le permitió familiarizarse con los trasplantes de riñón y corazón. Como no lo interesó volver en pleno franquismo, estuvo muy cerca de obtener la nacionalidad alemana. Sin embargo, en los primeros años de la Transición decidió volver aunque no le fue nada fácil. En 1978 optó en un concurso de 13 plazas de jefes de servicio de cirujía y escogió Elche. Fue director del Hospital General de Elche un año y medio porque mantuvo siempre la intención de mantener su trabajo docente como en su etapa alemana, en las universidades de Colonia y Essen. Fue catedrático de Medicina de la Universidad de Alicante y posteriormente, hasta su jubilación de la Universidad Miguel Hernández de Elche,
Entrevista grabada de Miguel Ors Montenegro, 25 de marzo de 2019.
Entrevista de Antonio Zardoya
Justo Medrano es un hombre renacentista, interesado por casi todos los saberes. Renacentista: humanista, racionalista, obsesionado, casi, por el conocimiento de las cosas y de las personas, también del universo. Goza de una reputada trayectoria como cirujano y ha sido, (es, el verbo pasado no le gusta) mil cosas, investigador, catedrático, decano de Medicina, y filántropo, entre otras. Y, sobre todo, conserva un aire de caballero cosmopolita: no en vano nació en Tánger, ciudad mítica y mitificada, ciudad inter-cultural donde las haya y fuente de inspiración de escritores perdidos. Estudió la carrera de Medicina en Sevilla y vivió en Alemania de 1965 a 1978, escaqueándose de un tardo-franquismo atronadoramente triste. Tánger y Alemania son sus dos grandes privilegios vitales. Hace unas semanas pronunciaba una conferencia en Casa Mediterráneo, en colaboración con Casa Sefarad, sobre medicina sefardí. Por ese motivo quedamos con él: mera excusa. El motivo se convierte rápidamente en puro pretexto para mantener una conversación, entrevista, que se prolonga casi toda la mañana.
– Hola Justo, ¿cómo estás?
– Envejeciendo.
Raras veces dice su edad, y no será en estas líneas donde la desvelemos. Pequeño secreto de Estado que no lo es tanto. Al final de la entrevista, nos acompañamos hasta la basílica de Santa María donde se pone a hablar con un turista italiano que tiene a su hijo trabajando en Elche como médico del Hospital General. Ambos intercambian sus edades como quien intercambia tarjetas de visita. La Iglesia interrumpió el proceso de racionalización en España… es también la responsable de una actitud secular contra el judaísmo, y ha limitado el uso de la razón y el progreso hasta que cayó en la evidencia
Hablamos. Le interesa sobremanera el comportamiento de las ciencias en función de la razón, y de las herramientas necesarias de la razón. Reivindica la figura de Spinoza, el gran filósofo sefardí afincado en la Amsterdam del siglo XVII, la “Nueva Jerusalén” de los judíos. Y seguimos hablando, de la cerrazón católica, reflexión que hace extensiva a las religiones monoteístas: “España se ha refugiado mucho en los escapularios”. Me explica el “haquetía”, el dialecto ladino hablado por los judíos expulsados de España y que emigraron a Marruecos, contagiado por vocablos árabes. Y explica cómo en 1904 el presidente de la Comunidad Israelita de Tánger le envía a Menéndez Pidal los romances del Mío Cid en versión ladina.
Comenzaba en España, principios del siglo XX, un tímido movimiento de empatía para con los sefardís, diseminados por el Magreb, por los Balcanes, y por Turquía. Las traducciones que hicieron de Aristóteles y Platón, los sefardís, también los árabes, se exportaron a toda Europa. Y otra vez la Iglesia: “Interrumpió el proceso de racionalización en España… la Iglesia es también la responsable de una actitud secular contra el judaísmo, y ha limitado el uso de la razón y el progreso hasta que cayó en la evidencia”. Vuelan los siglos, como si fueran días de la semana. Nos hemos ido al siglo XIX, al positivismo, a la confianza del ser humano en la ida de progreso, al nacimiento de las dos concepciones básicas que intentaron acotar esa idea, el liberalismo y el marxismo. Este mundo es peor que cuando de jóvenes creíamos que podíamos cambiarlo. Lo único que puedo hacer es cambiarme a mí mismo. La única alternativa que existe es la cultura
– Justo, las dos guerras mundiales, el genocidio judío, la barbarie estalinista… cuestionaron seriamente la idea de progreso. La filosofía se ve incapaz de analizarlas grandes categorías del hombre y de la vida.
– Pero la filosofía sigue siendo un instrumento para razonar, para la búsqueda de la verdad. Esa verdad se busca ahora a través de la ciencia. A ver, que los árboles no nos impidan ver el bosque. Hay que ver el mundo desde fuera. Hay una explosión demográfica paralela al incremento de los conocimientos. El comportamiento del ser humano es darwinista, de lucha por la supervivencia personal. Amancio Ortega [propietario de Inditex] es víctima de un comportamiento darwinista. También la Unión Europea en todo lo que está pasando con los refugiados, ¿cómo te voy a dar la mermelada que tengo en casa?… pero bueno [repiensa] este mundo es peor que cuando de jóvenes creíamos que podíamos cambiarlo. Lo único que puedo hacer es cambiarme a mí mismo. La única alternativa que existe es la cultura.
– Hitler empezó gaseando a los deficientes en pro de la mejora de la raza.
– Eso no es darwinismo. Eso es un crimen. El darwinismo es racional, no perverso.
– Stalin masacró a millones de personas en aras al concepto de clase.
– Stalin traiciona la ideología comunista. Frustra el desarrollo de la sociedad en un comportamiento egocéntrico. Es un asesino perverso, además de un embaucador. Y un inculto. Quememos libros, como el cardenal Cisneros. Como decía mi maestro en Alemania, Henrich Heine, quien quema libros acabará quemando personas. Stalin frustra una idea genial, incluso cristiana.
Stalin. Hitler. Palabras mayores para una mañana de invierno suave en Elche, en una de las terrazas de la plaza de la Basílica de Santa María. Justo tiene esa cosa de hombre sabio, un halo de loco despistado. Los dictadores nos han helado el clima de la charla. Justo cree en un progreso solidario, en un darwinismo controlado. El terror de la realidad, los muros que se han construido en los Balcanes para esquivar a los migrados de Siria, nos hiela el alma. Frente al pesimismo contemporáneo, Justo reivindica lo cotidiano: la amabilidad como arma de construcción masiva. Él, sin saberlo, también es un pequeño filósofo postmoderno. Saluda a todo el mundo con sonrisa de oreja a oreja. No es una amabilidad falsa, ni construida. Es su forma de decir “querámonos todos un poco más”. Le digo que pose para unas fotos, y para no quedar hierático se pone a hablar con una desconocida de la mesa de al lado que nos mira con cara de marciana.
Justo: “¡Qué mañana más bonita hace, ¿verdad señora?”. Genial. La anécdota, los segundos, construyen de por sí un pequeño/gran manifiesto. Justo reivindica los modales amables a modo de causa, casi de cruzada.
– ¿España ha cambiado a mejor?
– ¡Claro!.. Ya no es aquella España franquista, del comisario de policía con bigote y mala baba. O la España de Los Santos Inocentes…
– ¿Por qué no ha surgido un partido populista, como el de Marie Le Pen en Francia?
– Por la sombra de Franco. Nadie quiere ser franquista.
– ¿La tarjeta sanitaria debe incluir a las personas inmigrantes, regularizados o no?
– Sí. Es un derecho universal. No puedo decir otra cosa, como médico y como ciudadano.
– ¿Eres feliz?
– Eso de ser feliz es muy difícil de expresar y muy relativo. Soy feliz cuando comparto con mis seres queridos, familiares o que sean ‘amores’, y cuando ayudo. Y se limita ese sentimiento con la injusticia y con la nostalgia. Y siento no poder hacer más por aliviar la situación de la sociedad.
– ¿Qué es la nostalgia?
– Es una trampa en la que no hay que caer, como diría García Márquez. Es el sentimiento del recuerdo de lo perdido, que incluso hasta en momentos tristes produce cierta sensación agradable. Es curioso, paradójico.
– Si existiera, ¿tomarías una pastilla para volver a tener 30 ó 40 años?
– Sí, totalmente. Dámela.
Concluimos hablando de los “amores”. Justo, que no oculta un punto de don Juan, venera el amor. “Yo no nací para ser cirujano, nací para ser persona”, sentencia al final de una charla tan intensa como fragmentada, volando por el tiempo, sobrevolando el paso del tiempo, ¡ay!, intentando resolver dilemas del todo irresolubles, o resolubles “ma non tropo”. Justo, genio y figura, cabalgando sobre la memoria, sobre los amores perdidos, apurando el tiempo; estrujándolo.
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