Datos biográficos
L’Agüeleta Engorraoreta
Su pequeña figura encorvada, de aspecto aurívoro y migromántico, invitaba a los niños a mirarla con una mezcla de incertidumbre y temor —como si se les encogiera el ombligo— mientras contemplaban el lento caminar de l’Agüeleta. El cabello blanco, semioculto bajo un pañuelo negro, destacaba cuando algunos mechones asomaban sobre su frente fruncida, marcada por profundas arrugas. Su vestido oscuro, ajado y algo sucio, reforzaba la peculiar personalidad de su semblante: una apariencia mágica, extraña, capaz de provocar tanto fascinación como recelo… y, al mismo tiempo, ternura.
Un personaje singular, salido de un cuento o de una obra de teatro galdosiana, que durante muchos años ocupó el pintoresco escenario de la glorieta. Aquel escenario estaba diseñado para compartir vivencias; un punto de encuentro —literariamente costumbrista— de una época en la que marcar la diferencia era natural, y donde la búsqueda del amor o el emparejamiento entre los jóvenes se integraba en un paisaje animado por una escenografía única: el templete de la música, los quioscos de José Rico, Eloy Burló, Ramón Maciá, Marcial Torres, y algunas palmeras y plantas que tanta significación alcanzaron en la historia de nuestro pueblo.
El atrezzo de l’Agüeleta consistía en cestos de mimbre y un saco raído, repleto de paños, cromos, pelotas de goma, estampas, canicas, tebeos y agujas de colores. Todo ello servía de reclamo, incentivo y atracción para los niños, que con impaciencia acudían a la glorieta al salir del colegio para ejercer el trueque, comprar o alquilar lo que de otro modo les era imposible conseguir. Una “perrica” (cinco céntimos), una “perragorda” (diez céntimos) o un “real” (veinticinco céntimos) eran las monedas que solían obtener de sus padres. Algunos, de mayor edad —en particular alumnos de la “Academia Ripollés”, situada justo encima de la tienda Zarageta en la calle Sagasta, hoy carrer de L’Hospital—, visitaban a menudo a l’Agüeleta para cambiar o alquilar tebeos.
Los niños se agrupaban alrededor del banco con respaldo situado frente al Gran Teatro, que ella usaba como su punto de referencia habitual, aunque no era el único: lo alternaba con otro, según la posición del sol. Los padres no se preocupaban demasiado por los niños que jugaban en libertad. Confiaban en la seguridad del lugar y en quienes lo frecuentaban. Por eso muchos adultos desaparecían durante horas por entre los bares cercanos: El Porquerol, El Dorado —con su barra circular—, el Bar Enrique, Bar Pepe, Coral Ilicitana, Confitería García, la oficina del Club Elche, y más tarde Florida, Marfil, La Royal, Nueva Ibense…
Los más atrevidos se asomaban a El Porquerol, cuyos cristales estaban pintados con “blanco España” para que desde el exterior no se vieran las atracciones del interior. A veces, los niños, cansados de esperar, pegaban sus caritas al cristal y limpiaban con saliva la blancura seca para intentar ver, con una mirada pícara, a la vocalista que esa tarde ofrecía su voz y sus encantos a los clientes del local.
L’Agüeleta Engorraoreta no se apresuraba por nada ni por nadie. Su paciencia era infinita. Sentada en el banco, distraída, comía un trozo de pan con algo de fruta mientras esperaba la llegada de algún niño a quien venderle o cambiarle una de las pequeñas cosas que guardaba en su saco. Y mientras tanto, la vida seguía a su alrededor: el Santapolero, con su caja-máquina y trípode, hacía fotos; los hombres se agolpaban frente a la pizarra de resultados de fútbol, en los bajos de las oficinas del Elche; los mayores paseaban; los taxistas aguardaban clientes… Y, a veces, todo este bullicio de hombres, mujeres y niños era amenizado por la banda de música en el templete.
L’Agüeleta Engorraoreta, al terminar la jornada, recogía sus bártulos y, con sus zapatillas de paño, anda que te andaré, cruzaba el puente de Santa Teresa y regresaba a su casa sin hacer ruido. Silenciosa como una nube, su pequeña figura se desvanecía entre las sombras, anunciando con discreción la llegada de la noche… hasta el punto de que nadie advertía de inmediato la soledad del banco con respaldo que, frente al Gran Teatro, ocupaba la entrañable L’Agüeleta Engorraoreta.
Antonio Amorós
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