Datos biográficos
MATILDE (CONCHA) GONZÁLEZ HERVÍAS
"Nací en Madrid en 1919 y cuando tenía 4 años mis padres conocieron que fui inscrita por mi padrino, por su cuenta y quizás porque iba algo ebrio, con el nombre de Matilde, con el que no me identifico. Siempre me llamaron Concha. Mis padres procedían de la meseta castellana y se instalaron en Madrid, con mis hermanas mayores (Manolita y Carmen), un hermano y dos parejas de mellizos. A la mesa nos sentábamos once personas, porque un primo vivía con nosotros. Cuando tenía 11 años mi madre enfermó de diabetes y estaba tan afectada que tenía que guardar cama. Mis hermanos mayores trabajaban fuera de casa y yo preparaba la comida a diario para todos, ayudándome de un pequeño taburete para llegar a la hornilla, ya que era y he sido siempre de estatura baja, escasamente metro y medio. Como suelo decir, las mejores esencias vienen en frasco pequeño. Una de mis hermanas mayores trabajaba en un céntrico taller de costura que elaboraba ropa interior a medida, en un establecimiento muy selecto y pionero para mujeres de clase adinerada. La costumbre era llevarse faena a casa por lo que ella me enseñó a coser y a trabajar tejidos muy delicados como sedas, satenes, encajes, etc. Uno de mis primos trabajaba en el Teatro Real y cuando necesitaban alguna niña de corta edad, me llamaba y yo actuaba como figurante. Me encantaba actuar, el mundo del teatro, las bambalinas, la música, pero en aquel entonces vivir de la farándula no se consideraba una profesión apropiada para las mujeres. A los 13 años comencé a estudiar taquigrafía y mecanografía con la profesora Clara Campoamor. Dª Clara también había comenzado a trabajar muy joven, tras la muerte de su padre, y lo hizo de costurera, dependienta y telegrafista. Obtuvo el primer puesto por oposición en 1914 en una plaza en el Ministerio de Instrucción Pública. Fue destinada como profesora especial de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultas, alternando con el de traductora de francés en el Ministerio. Posteriormente obtuvo la licenciatura de Derecho. Fue parlamentaria y destacó en su carrera política por la defensa de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Ha pasado a la historia por ser la impulsora del sufragio femenino (aprobado el 1 de octubre de 1931 por 161 votos a favor y 121 en contra). Como decía, a mí también me habría gustado estudiar, y la verdad es que valía para ello. Dª Clara no quería aceptarme en sus clases por mi corta edad (aún llevaba calcetines) aunque finalmente me aceptó en sus clases. Algunas veces tomábamos notas de sus discursos en el Congreso de los Diputados. Al día siguiente ella las corregía. Yo solía entregarlas a primera hora y ella me alababa a la vez que alentaba a las otras alumnas a que trabajaran como yo (confieso que yo jugaba con ventaja porque no tenía aún novio que me entretuviera, y las otras compañeras sí), pero es que era una niña entre chicas jóvenes.
Siempre he sido muy dispuesta y afrontaba la vida con buen tono, ´contra la pereza, diligencia”. A todo le ponía ganas, y menos mal, porque la vida me deparaba muchas cosas buenas y otras no tan buenas, que con mi juventud e inocencia todavía ignoraba. Conocí al hombre de mi vida, Rafael Boix Blasco, siendo joven. Era muy apuesto y nos enamoramos enseguida. Tenía talento, era inteligente, hacía deporte (anillas), disfrutaba de la naturaleza y de sus perros, a los que cuidaba con mimo y con esmero. También era hábil con el dibujo (la familia aún conserva algunos de ellos). Cuando le conocí estaba estudiando Telecomunicaciones y juntos decidimos preparar oposiciones para el Estado. Soñábamos, como cualquier pareja, con llevar una vida feliz juntos y nos casamos por lo civil en Madrid, en 1938. Resistimos en la ciudad todo el tiempo que estuvo sitiada. A Rafael le entregaron un fusil que jamás utilizó, ya que no estuvo destinado a la primera línea de combate. Por su alta cualificación lo dedicaron a la instrucción de milicianos, a quienes enseñaba el código Morse y a desarrollar otras habilidades de telecomunicaciones. Pronto nació mi primer hijo, al que pusimos de nombre Rafael. Vivíamos aterrorizados por las bombas y las alarmas antiaéreas. En ocasiones, agotada por la falta de sueño, y tan harta de bajar al refugio, me quedaba en casa y mi padre me acompañaba. Siempre llevaba al pequeño Rafael en brazos, siguiendo un consejo que me dieron: ´No te separes nunca del bebé. Si sobrevivís a las bombas, lo hacéis juntos y si perecéis, también´. Acabada la guerra civil, cuando mi esposo fue a devolver el fusil, la Guardia Civil lo retuvo en Cuatro Vientos en unas condiciones infames. Permanecieron ocho días de pie soportando la lluvia, el sol, sin permitirles tumbarse, dormir ni orinar y lo peor de todo era que escuchaban los nombres de quienes se llevaban, sin saber si era para fusilarlos o para liberarlos. Gracias a un vecino que teníamos en el edificio, que era vigilante allí, pudimos acceder a él y pude llevarle comida a diario, vino para calentarse y unas botas de agua.
La situación era muy angustiante, la vida estaba amenazada y la gente trataba de exiliarse como podía. Decidimos venir a vivir con la familia de mi marido, Rafael, que vivían en el barrio del Raval, en Elche, donde tenían una tienda de comestibles. Cogimos al pequeño y nos subimos en un tren de mercancías. El niño vino todo el tiempo al pecho, para que su llanto no nos descubriera y nos expulsaran del tren. Salimos de Madrid con lo puesto, como se dice, no podíamos llevarnos nada de casa, con lo que necesitaba el bebé ya teníamos bastante. Todos nuestros recuerdos y pertenencias se quedaron en Madrid y nunca los recuperamos. Nada más llegar a Elche me sorprendió que la forma de vida fuera tan atrasada, en contraste con la vida en Madrid. Creo que fui la primera mujer que usó pantalones en Elche, desde luego la primera en el barrio del Raval. Rafael vestía muy elegante con abrigo largo y sombrero y yo usaba ropa y gorritos de lana que yo misma tejía. Aquí tuvimos la primera desgracia familiar. Fuimos a visitar a una amiga sin saber que estaba enferma, y nos contagiamos el niño y yo. A mí no me pasó nada grave, pero el bebé se quedó muy rígido y desgraciadamente murió de poliomielitis, con solo nueve meses de vida. Pero había que seguir adelante, con buen tono, porque contra la pereza, diligencia, para superar las dificultades, por duras que fueran. Poco después nació mi hija, Encarnación Boix González, el día 2 de febrero de 1941. Era una niña muy deseada y la cuidamos entre algodones, quizás demasiado, porque nuestro deseo siempre fue protegerla. Afortunadamente tuvimos ambas muy buena salud. La niña jugaba en la calle y cuando le apetecía entraba a casa para mamar. Yo pude ser madre de leche para bebés cuyas madres no podían amamantar. Tuve un accidente porque la niña salió de la casa a la vez que pasaba un carro y para evitar lo peor salí disparada y la rueda del carro me abrió una fuerte brecha en la cabeza, que con el tiempo curó. Pudimos salir adelante gracias a que mi marido se convirtió en el cabeza de familia de sus padres y hermanas. La tienda de comestibles les fue expropiada durante la Guerra Civil. Rafael tenía mucha capacidad de organización, era el único varón de su casa y sacamos adelante la tienda de ultramarinos de su familia, en el Raval, la tienda de Masiano. La tienda tenía muebles de madera de roble hasta el techo, con numerosos estantes, donde se ponían a la vista todo tipo de salazones, fiambre, companaje, sin faltar la caja redonda de madera de las sardinas de bota, y su olor característico, que ya casi alimentaba, ¡cómo olvidar ese aroma". Yo trabajaba junto a Rafael y despachábamos bocadillos que envolvíamos con esmero y una paciencia infinita con papel de estraza. A Rafael le llenaba de orgullo decir que la ganancia en pastelitos se las comían sus nietos. Rafael era hábil con los proveedores, negociaba las compras, los precios, los pagos, y nunca descuidábamos a la clientela, de la que me ocupaba yo porque eran principalmente mujeres y muchas me confiaban sus penurias. Entre ambos pudimos organizarnos bien para sacar adelante a nuestra familia y ayudar a muchas familias del barrio. Él anotaba con mucho cuidado lo que les adelantábamos. La gente pagaba poco a poco. Así conseguimos equilibrar los estómagos del vecindario y las cuentas del negocio. La tienda estaba situada en el Carrer de la Porta de la Universitat de Sant Joan, perpendicular al carrer del Àngel, en el Barrio del Raval. Un día me levanté y le dije a mi marido: ´he soñado que me regalabas esa casa´. La casa frente a la tienda es una vivienda de dos plantas y dos terrazas superiores, de estilo modernista, con azulejos de color verde esmeralda y rojo, que había sido encargada por algún empresario de la industria textil catalana, trabajador de la antigua fábrica de Ferrández. Y a Rafael le faltó tiempo para comprármela. Curiosamente el vendedor de la casa sería años más tarde mi consuegro. Tardamos años, ajustando mucho la economía, en poder pagar la casa, aunque la disfrutamos muchísimo. Desde nuestra ventana indiscreta veíamos el paso de la gente en el Filet de Dins y también a los clientes de un prostíbulo que había enfrente. En alguna ocasión nos trajeron productos que les sobraba, como leche o mantequilla, cuando el género escaseaba y así podíamos ofrecerlo a nuestra clientela. Para ayudar a nuestra hija Encarna a criar a nuestros nietos cerramos nuestra amada casa y nos mudamos al campo de Elche, donde vivimos ocho largos años juntos. Aquello nos permitió disfrutarlos muchísimo, tener una relación muy especial y educarlos con amor y orden, como yo les decía: ´cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa´. Conozco los defectos de cada uno y los guardo debajo de mi delantal. Fuimos una pareja muy enamorada y con mucha complicidad, que no ocultábamos nuestro cariño. La moral de aquellos años contrastaba con la educación más libre que habíamos recibido. Sonrío al recordar como mis nietos y nietas se ruborizaban cuando nos descubrían dándonos algún besito. Ya muy mayor sufrí una embolia y me indicaron muchos ejercicios para recuperar la movilidad, y los seguí, porque en esta vida, como ya he dicho, hay tener mucho tono y seguir para adelante".
Concha falleció en su casa del Raval el 16 de enero de 2002, a los 83 años, donde era muy querida. La gente del barrio nos habla de su simpatía y gracia, era muy querida. Ambos hacían muy buena pareja y llamaban la atención que aun siendo muy mayores iban juntos a todos lados. Actualmente en la casa vive una de sus nietas con su familia. Es licenciada en Bellas Artes, por lo que conoce bien el valor artístico y los recuerdos que atesora.
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