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El secreto de la rama de acacia

Enviado por Modes Salazar Agulló el
Datos biográficos
Lugar de nacimiento
Elche

El secreto de la rama de acacia

"En Elche, en la década de los años 70 del siglo pasado, la vida de las jóvenes se observaba en horarios estrictos. Cuatro amigas salíamos juntas cada domingo, el único día que teníamos autorizan familiar, con la condición de regresar a casa antes de las diez de la noche. Nuestras casas quedaban lejos de la Glorieta, la zona habitual de paseo de la gente joven. Para no llegar tarde, salíamos pronto del centro y nos íbamos acompañando por la calle Reina Victoria. Nos despedíamos una a una. La última chica en incorporarse al grupo y yo llegábamos al final y nos despedíamos, cerca del cementerio, en unas calles que entonces apenas tenían iluminación. Mi familia era humilde, trabajadora, y nos había inculcado una educación recta. Por eso, nadie entendió del todo lo que pasó después.

Un día, aquella última chica me sugirió que nos fuéramos a París. Yo era mayor de edad. Un domingo por la noche, poco antes de tomar la decisión, llegué a casa desolada, desconsolada de tanto llorar. Mi madre me preguntó de dónde venía tan tarde. Mi padre, al verme, vino hacia mí para darme un abrazo y pedirme que cenara. Les dije que no quería nada, que me dolía mucho el estómago y que por eso estaba tan mal. No les conté nada más. A los pocos días, le pedí a mi padre mi partida de nacimiento y mi documento nacional de identidad para conseguir el pasaporte y poder salir del país. Aunque se quedaron muy sorprendidos no intentaron frenarme. Mi madre, que estaba en el pueblo, lo gestionó todo rápidamente, sin hacer preguntas y ya, a mediados de diciembre, aquella chica y yo nos marchamos a Francia en autobús. Ella había conseguido que una amiga de su hermana nos alojara en París. Cruzamos la frontera bajo una impresionante nevada. El temporal fue tan duro que el autobús no pudo continuar y quedamos aisladas durante horas. Pronto los vecinos de la zona nos llevaron bebidas calientes y nos dijeron que podíamos esperar a que limpiaran la carretera o bajar a pie hasta la estación de tren. Mi amiga y yo decidimos bajar por una pendiente absolutamente helada. Aún hoy, más de medio siglo después, siento escalofríos solo de recordarlo. 

Una española en París

Al llegar a París nos enseñaron la Torre Eiffel y las bellezas de la gran ciudad. Yo apenas disfruté. Tenía el frío metido en el cuerpo y solo deseaba un lugar cálido donde cobijarme. Nos preguntaron qué sabíamos hacer para empezar a trabajar y dije que era modista, aunque no lo era, pero desde muy joven había trabajado en talleres de camisería, manejaba muy bien la ropa y tenía mucha habilidad para la costura y la plancha. Al día siguiente nos llevaron a una casa y a mí me asignaron el servicio de una familia adinerada para cuidar de la vivienda y de sus tres niños. Me dieron las llaves de inmediato. Cuando entré por primera vez, la casa estaba vacía. Como no sabía qué hacer, organicé todo y pasé el aspirador. Cuando llegó la señora, me señaló la plancha y un enorme montón de ropa (la barrera idiomática entre ambas no fue un obstáculo). Planché la ropa lo mejor que supe. Al ver el resultado, la mujer se quedó tan sorprendida que corrió a decirle a una vecina que la española que acababa de llegar planchaba de maravilla. Mi rutina se iba asentando poco a poco. Cuidaba la casa y atendía a los niños. Al volver del colegio a eso de las doce comía con ellos, descansaba dos horas y luego ayudaba a duchar a los más pequeños. Mi habitación estaba en el mismo edificio, en la zona del servicio. Allí conocí a otra asistenta española, una chica gallega que vivía con su marido en la última planta.

Fue en el mes de enero cuando sentí la primera falta. En febrero, ya eran dos.

El pánico me paralizó. No tenía ninguna complicidad con la chica con la que había viajado desde Elche, así que no le dije nada. Pero no podía seguir ocultándolo. Estaba muy sola. Desesperada, se lo confesé a la gallega. Le dije que tenía un miedo atroz a que la señora se enterara y me echara a la calle. Ella me tranquilizó: «Eso no va a pasar aquí. Las cosas en Francia no son como en España, aquí te van a ayudar». Acordamos que ella se lo diría a su señora, y ésta a la mía. Me llamó para saber si tenía novio, pero mi única respuesta era llorar sin parar. Como me habían dicho, se volcó en ayudarme. Me puso en contacto con un dispensario de París gestionado por la Cruz Roja y por exiliados republicanos españoles. Ella misma me consiguió la cita.

El médico del dispensario me derivó al ginecólogo quien tras reconocerme me confirmó lo que tanto temía: estaba embarazada de unas siete u ocho semanas. Al romper a llorar de una forma tan descorazonada, el médico me cogió de la mano y me llevó directamente ante la enfermera jefe, la directora del dispensario, una mujer extraordinaria (pongamos que se llamaba Julia) a la que le dijo: «Cuide de ella hoy y cada día que venga hágala pasar directamente, que no espere en la consulta». A partir de ese momento asistí cada mes a los controles. El embarazo apenas se me notó hasta el séptimo mes. Nunca le dije nada a la chica con la que salí de España, ni a mis padres. Solo lo sabíamos la gallega, mi señora, Julia y yo. Cuando llegó el verano y las familias se marcharon de vacaciones al campo, me ofrecieron el mes libre, pero decidí quedarme en París, allí me sentía protegida.

El nacimiento de mi hijo

Hacia finales de agosto Julia me dio todas las instrucciones y el nombre del hospital a donde tenía que dirigirme cuando llegara el momento del nacimiento. A finales de agosto empecé a sentir las contracciones y cuando el dolor se hizo insoportable bajé a una de las grandes avenidas de París y paré un taxi. Le pedí al taxista que me llevara al hospital. Cuando le pregunté cuánto le debía miró mi vientre, me sonrió con una bondad inmensa y se negó a cobrarme un solo franco. Jamás olvidaré su rostro. Era sábado. El parto no llegó hasta el lunes. Lo recuerdo como una experiencia de un dolor insoportable, acrecentado por la más absoluta soledad. En mitad de aquel trance, sin una mano que agarrar, yo solo atinaba a gritar con todas mis fuerzas: «¡mamá! ¡mamá!». El niño no salía. Decían que era un parto seco. Finalmente, una matrona se colocó detrás de mí y, con una toalla, fue empujando mi vientre hacia abajo hasta que el bebé nació, tan grande que me dieron catorce puntos de sutura en el periné. Todo el equipo médico decía que era un bebé precioso, pero a mí, en mi agotamiento, me pareció horroroso. Nació con muchísimo pelo en la espalda, en la cara y por todo el cuerpo. No pude darle el pecho porque no me subió la leche, pero en el hospital me entregaron botes de lactancia. Pasé una semana recuperándome en el hospital bajo los cuidados de Julia, la enfermera directora del dispensario, con quien comenzaba a unirme una buena amistad. En septiembre regresaron los señores y yo ya estaba lista para trabajar. Cuando la señora y los niños vieron a mi tesoro se enamoraron de él. Se había convertido en un muñeco precioso, risueño, feliz. Al registrarlo, tomé la mejor decisión y le puse el nombre de mi padre, que ha sido para mí el hombre más bueno del mundo. 

El misterio del ritual

Mi relación con Julia se estrechó aún más tras el nacimiento. Ella vivía en un ático céntrico con una vista espectacular de París. A menudo me invitaba a sus reuniones para que conociera gente. En una de esas fiestas me presentó a un español guapísimo, de unos cuarenta años, con facciones jóvenes pese a su cabeza poblada de cabello cano. Se dirigió a mí con un respeto exquisito, miró al pequeño con ojos de profunda admiración y me dijo: «Tiene usted un niño muy bonito». A partir de entonces, aquel hombre acudía siempre a todas las reuniones en las que yo estaba. Un día les comenté que quería bautizar al niño. Mis nuevos amigos se sorprendieron. Me preguntaron si era creyente o practicante y les dije que no pero que sentía la necesidad de hacerlo. El español se prestó a acompañarme en su coche a una iglesia cercana y se quedó cuidando del bebé mientras yo entraba a hablar con el párroco. Hoy todavía me pregunto cómo fui capaz de confiarle a mi hijo a un hombre al que apenas conocía. Mi sorpresa fue enorme. El sacerdote se negó en redondo a bautizarlo. Al saber que yo era española, que no era feligresa de su parroquia y que ni siquiera era creyente, me dijo que lo mejor era esperar a que el niño fuera mayor y tomara conciencia del acto. Regresé al coche desanimada y se lo conté todo. Él me tranquilizó con una sonrisa. Al llegar de nuevo al ático de Julia, descubrí que nos tenían preparada una sorpresa. Sus amigos organizaron una celebración muy hermosa, agasajaron al niño con ropa preciosa, un juego de peine y cepillo que todavía hoy conservo y una cámara de fotos que inmortalizó aquel instante. Después realizaron un ritual que yo jamás había visto. Abrieron una botella de cava. Julia tomó al niño en sus brazos, lo colocó boca abajo con sumo cuidado y dejó caer unas gotas sobre su cogote. Tras ello le pusieron un poquito de azúcar en la boca. Me explicaron que eran símbolos para desearle que su vida fuera siempre muy dulce. Estaba tan emocionada por tanto cariño que todo lo que me decían me parecía bien. Al terminar, me preguntaron cómo iba a arreglármelas para trabajar y cuidar del bebé. Les conté que lo tenía hablado con una vecina portuguesa del edificio. Haríamos turnos con otra asistenta para subir a la última planta cada quince minutos a vigilar a los niños, ya que no nos permitían tenerlos en las casas de los señores, pero Julia y sus amigos se negaron rotundamente: «Eso es peligroso. Nada es imposible». Me sugirieron dejarlo al cuidado de una nodriza de absoluta confianza que ellos conocían, una mujer de buena familia que acababa de dar a luz y podía amamantar también a mi bebé. Así podría centrarme en el trabajo y ver a mi hijo los fines de semana. Acepté. Yo nunca supe decir que no.

El secreto desvelado

Poco tiempo después, el hombre español de pelo blanco me citó en una cafetería cercana a mi trabajo. Yo no podía imaginar qué quería decirme. Cuando nos sentamos, me miró con una nobleza que me llegó al corazón. Me confesó que tenía tres hijos y que estaba en proceso de divorcio de su mujer. Me dijo que estaba profundamente interesado en mí y en el niño y que sus intenciones eran serias. Añadió algo que jamás olvidaré: «Tu vida hasta el día en que te conocí no me interesa nada. Nunca te preguntaré por tu pasado. Solo me contarás lo que tú quieras, cuando tú quieras». Le dije que lo pensaría y lo comenté con Julia. Ella me dijo que no debía sentirme obligada a aceptarlo, que lo pensara, y yo descubrí que era un hombre muy bien educado, noble y protector y pasado un tiempo le dije que sí. Una noche me invitó a salir y fuimos a la Sala Bataclan. El ruido, las luces, el tumulto de la sala, de repente, algo hizo clic en mi cabeza. Sufrí una crisis nerviosa espantosa, una reacción tremenda que me hizo colapsar. Asustado a la vez que tierno se apresuró a sacarme de allí y no paraba de repetir: «Nos vamos, no te preocupes, ya nos vamos». Al día siguiente, me preguntó cómo me encontraba y le respondí que se me pasaría poco a poco. No pude confesarle la verdad: que aquella noche en el Bataclan, el encierro y la situación habían hecho que reviviera, con una nitidez aterradora, la noche en que fui abusada en Elche.

La vida continuó. Cuando mi señora se enteró de que estaba prometida me dijo en tono de broma que ya podía comprar una cama más grande para la habitación del servicio, pero le anuncié que me iba a vivir con mi prometido, aunque seguiría yendo a trabajar todos los días a su casa. Respiró aliviada. 

En España seguían sin saber nada del terremoto que había acaecido en mi vida. En la España de esos años la doble moral era asfixiante para las mujeres. Una muchacha joven, soltera y con un hijo era repudiada por la sociedad. Sin embargo, en junio decidí que era hora de volver. Fui a un fotomatón, le hice unas fotos preciosas al niño y las envié por correo postal a mis padres junto a una carta: «Vamos los dos. Tengo un hijo y quiero que sus abuelos lo conozcan». Para mi alivio me respondieron de inmediato diciendo que estaban deseando abrazarlo. En el autobús de regreso a Elche el niño viajó casi desnudo. Era tan risueño y cariñoso que parecía un ángel de luz y los pasajeros se lo pasaban de mano en mano. Al bajar en la estación mi madre y mi tía se peleaban por cogerlo y besarlo. Mi padre lo tomó en brazos y ya no se separó de él. Para protegerlos del cotilleo del pueblo les dije que me había casado en Francia. Fue una mentira piadosa, porque mi pareja aun tardó siete años más en obtener el divorcio legal.

El secreto de la rama de acacia

Dejamos París y nos instalamos en el sur de Francia. Vivir con él fue un regalo muy hermoso. Era un hombre de una inmensa cultura, de formación masónica, que me educó en los valores de la honestidad, el amor por la política y la importancia de la participación activa de la mujer en la sociedad. Un día, les pedí a mis padres que vinieran a nuestra casa con sus mejores ropas porque íbamos a dar una fiesta. Lo que hicimos, en realidad, fue la ceremonia civil de nuestra boda, oficiada por el alcalde de la localidad, muy amigo de mi marido. En mitad del acto, le pidió detener la ceremonia un momento. Se llevó la mano al bolsillo y sacó una joya bellísima y cargada de misterio: una rama de acacia de oro con siete hojas, y en cada hoja, una esmeralda brillante. Es un símbolo masónico de la inmortalidad del alma, la pureza y el conocimiento. Me la entregó como promesa de su amor eterno y así fue toda su vida a su lado. No vinieron hijos. Hemos sido inmensamente felices. Tengo la seguridad de que la rama de acacia nos ha protegido toda la vida.

Acabo de cumplir 80 años. Mi marido ya ha fallecido y he sentido un deseo imperioso de escribir este relato de mi vida para que mi hijo conozca toda la verdad porque compartimos un profundo vínculo de amor y respeto. Se lo debía. Mi padre jamás me reprochó nada en la vida. Mi madre aceptó todo sin preguntar. Durante cincuenta y seis años he llevado sobre mis hombros de mujer una carga inhumana. La doble moral de aquella España siempre culpabilizaba a la mujer de quedar embarazada, sin cuestionar jamás el papel bárbaro de los hombres que abusaban de ellas. Nadie puede imaginar lo que se siente al llevar en el vientre a una criatura fruto de un embarazo no deseado, provocado por los dos desgraciados que me asaltaron, me llevaron a la tapia del cementerio y uno de ellos abusó de mí mientras el otro me sujetaba. Aquella fue la verdadera razón de mi huida. Yo no sabía que estaba embarazada cuando decidí subirme a ese autobús hacia Francia, pero el destino me alejó de mi hogar para salvarme. París me ofreció una red de personas con un corazón de oro que me acompañaron en mitad de mis dolores y de todo mi sufrimiento, y me regaló al que ha sido el amor de mi vida, mi marido que, junto a mi padre, han sido los hombres más excelsos de la tierra. 

A veces me pregunto por qué he tardado tanto en contarlo. Las personas que han sufrido abuso sexual no pueden hablar de inmediato. Tienen que encontrar su momento. El mío ha tardado cincuenta y seis años en llegar, pero hoy, finalmente, he encontrado la fuerza para liberarme".

(Autora anónima)

 

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