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Cordón Bonet, Faustino

Enviado por Manuel Gonzále… el
Datos biográficos
Fecha de nacimiento
22 de enero de 1909
Lugar de nacimiento
Madrid
Fecha de muerte
22 de diciembre de 1999
Lugar de muerte
Madrid
Profesión
Farmacéutico y biólogo

CORDÓN BONET, Faustino (Madrid, 22-I-1909 - 22-XII-1999). Farmacéutico y biólogo. Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense, destacó por sus trabajos en el campo de la biología evolutiva. En 1979 creó una fundación para la investigación sobre la biología evolucionista. Después de la guerra civil, pasó 15 meses en la cárcel y por la Cárcel Fábrica nº 2. Su obra más relevante es el Tratado evolucionista de la biología.

Leyendo la apasionante biografía del eminente científico e investigador Faustino Cordón, titulada “El biólogo insumiso”, hemos podido conocer que, al terminar la guerra, fue detenido en el Puerto de Alicante y tras pasar por el Campo de los Almendros, la Prisión Provincial y el Castillo de San Fernando, fue finalmente encarcelado en Elche en la Cárcel Fábrica nº 2, donde permaneció recluido más de nueve meses. En la biografía,  su hija Elena Cordón y el propio Faustino, relatan las vicisitudes por las que este pasó durante su cautiverio.  Consideramos que estos relatos son un testimonio importante de la presencia y encarcelamiento en nuestra ciudad de una persona como Faustino Cordón. Su publicación en la Cátedra Pere Ibarra es una importante aportación a la memoria democrática de Elche.  

A él le mandaron a  Elche el día de Nochebuena de 1939, donde los vencedores habían habilitado una vieja fábrica de armamento republicana como prisión, (suponemos que se refiere la cárcel fábrica nº2). Y allí, volvió a encontrarse con su amigo Ignacio Bolívar y su hermano Baldomero.

“Llegamos allí la Nochebuena de 1939. Nos encerraron a oscuras en una nave sucia y enorme cómo si fuésemos ganado. Pasamos la noche como pudimos, todos amontonados con nuestros equipajes. Había unos bidones grandes, de esos que se usan para el asfalto, en medio de ese espacio, donde nos subíamos para hacer nuestras necesidades. A la mañana siguiente nos distribuyeron, y, hasta que me soltaron, que debió ser al año y medio, permanecí en esa cárcel.”

 (Faustino, en 1937, había perdido un ojo por una detonación, que sucedió en uno de los talleres de explosivos que él dirigía, y que fue el resultado de un sabotaje.) A mi padre de nuevo le trasladaron al grupo de inválidos a los que habían acuartelado en una especie de mazmorra árabe muy reducida donde podía tocarse el techo con la mano. Le colocaron al lado de un joven arquitecto al que le faltaba un brazo. Entre los cientos era de los pocos que disponía un colchón para dormir. Faustino, como la mayoría, solo contaba con alguna manta por la que veía correr miríadas de chinches. Las noches de insomnio se le hacían muy largas, porque aparte de los bichos, no había otra distracción que escuchar el ruido de la respiración de tantos hombres que, en un espacio tan reducido, semejaba el rítmico sonido de las olas del mar. Pronto su joven compañero cedió su colchón a un venerable anciano de pelo plateado, al que le faltaba un trozo de boca por un tumor. Con el tiempo, Faustino dispuso en un rincón de una pequeña mesa y una silla que le permitían trabajar más horas con sus libros. Allí tradujo del alemán al castellano los nueve tomos de La Historia de Roma de Theodor Mommsen, una obra por la que a su autor le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1902.

Con este trabajo aprendí mucho alemán. Me acuerdo que estaba en mi mesa estudiando y se me  acercó un vasco moreno y de muy buena complexión que se llamaba Benigno Avellanar. Era el más guapo y el más fuerte de todos nosotros; medía 1,90. Y con ánimo de tomarme un poco el pelo me preguntó: “¿Qué haces ahí todo el día?” Él había pasado a cocinas, donde lograba comer algo más del rancho que nos daban, una especie de caldo con nabos. Yo le respondía con otra pregunta “¿Tú que has hechos en la guerra?”. Con mucho orgullo contó que había sido capitán de ametralladoras y le habían dado una medalla al mérito militar.  Lo cierto es que el Ejército Popular Republicano no había otorgado muchas condecoraciones, así que recibir una de estas medallas era prueba de haber funcionado bastante bien. Pero seguí preguntándole: “¿Sabes trigonometría?”. Mientras respondía negativamente con su cabeza, afirmaba que nunca le había hecho ninguna falta, ni tampoco en el oficio en que trabajaba, antes de la guerra, conduciendo un camión para llevar pescado de Bilbao a  Madrid. Entonces, con ánimo de picarle, dije: 'Pues has sido un mal capitán de ametralladoras porque para sacarles el mejor provecho hay que saber trigonometría'. En ese momento, me miró desconcertado, se calló y se fue. Pero volvió a la mañana siguiente para decirme que quería aprender. Entonces comencé a darle una hora diaria de clase de matemáticas.

Mi familia se encargó de facilitarnos los libros necesarios. Avellanar resultó muy aplicado y pasaba mucho tiempo estudiando y haciendo problemas. Hizo todas las asignaturas de matemáticas del bachillerato de la primera a la última. Tenía veintiséis años y yo, treinta, pero, desde el momento en que me convertí en su profesor, comenzó a tratarme  de usted y yo también a él.

Salió de la cárcel antes y, cuando se despidió de mí, iba con todos los libros del bachillerato bajo el brazo diciendo: 'Esto es lo que me llevo yo de aquí'. Supe que obtuvo un trabajo como ayudante facultativo de minas. De ganarse la vida como camionero pasó a hacerlo de técnico. Fue bonito ayudar a quienes quisieron aprovechar ese tiempo y formarse allí.”

No era un caso aislado. Los reclusos con mayor preparación intelectual organizaron una especie de escuela para sus compañeros menos formados y casi todos se apuntaron. En esa improvisada aula Faustino impartía también una hora de gramática. El resto del día lo dedicaba a estudiar idiomas. También recibía clases de italiano de un anarquista florentino, muy simpático, que no paraba de contar chistes sobre Mussolini.

Sus carceleros –habitualmente falangistas- no dejaban de merodear para fisgar qué hacía en la mesa durante tantas horas sobre los libros.

“En ocasiones se acercaban y decían: '¿Está usted trabajando?' y yo que estaba muy concentrado, contestaba sin mirar 'Sí, sí'. Pero enseguida me levantaba como por un resorte que me avisaba de que quien me hablaba era alguno de ellos y, me ponía firme y en tono marcial respondía con un: 'Sí señor, no señor, si señor, hasta que se iban. Evitaba su trato y darles conversación en lo posible… Nunca olvidará el día en que uno de aquellos salvajes le pegó un tiro a un compañero, por alguna estupidez”

Un pavor tremebundo inundaba la prisión los días que seleccionaban de forma arbitraria a varios presos para fusilarlos: “Tú, tú y tú”. Cuando se los llevaban mi padre se repetía siempre a así mismo:

“Si sobrevivo, estos no me deshacen”.

“Yo decidí resistir esa angustia desde el primer día, y realizarme contra corriente; y eso, si se hace, es muy bueno, cuando cada noche uno dice: “No, no, no me dejo vencer”.

Seguían pasando los días. Su hermana Ramona también fue a visitarle a la cárcel de Elche, con su hija Elena, que ya tenía entonces cuatro años. Y la niña no dejaba de mirarle muy seria a través de los barrotes que los separaban. Y cuando, de vuelta a casa, la familia le preguntó a la cría: '¿Has visto al tío? ¿Cómo está?', ella contestó con rotundidad: 'En una jaula'. Y ya nunca quiso volver.

“Recordar de  la cárcel lo que yo sentía de duro en ella: la privación de lazos humanos altos. Cómo esto da la sensación de tumba, de estar fuera de la vida. Cómo, por consiguiente, la solución es el trabajo sobre los niveles altos del pensamiento humano que, inmóviles casi, planean fuera dirigiendo, orquestando la actividad inmediata febril, tejida por los intereses individuales, muchas veces bastardos, y los sucesivos pisos del pensamiento integrado que de ellas se desprenden, que se mueven con creciente majestuosa orquestación, más lenta, más informada, más seguramente persistente a medida que van ascendiendo.

¡Qué invención la cárcel! ¡El que lo inventó no supo lo que hacía, por debajo del sufrimiento que causa! ¡Pero se puede uno escapar por alto!

Faustino Cordón y su hermano Baldomero fueron juzgados, pero no existió acusación alguna contra ellos. Por tanto, salieron  en libertad en septiembre de 1940.

“…cuanto se habla de la victoria, del año de la victoria y como, cada vez que se recuerda esta, a la vez se exalta la derrota. Y esto, muy y muy repetido, tiene la consecuencia de que la cacareada victoria aparezca cada vez como más pequeña, como que necesita vivir y solo vive sobre la derrota, y esta, en realidad, se exalta cada vez más.

Y es que el tiempo es el que termina dando la razón, y así  es prudente y sabio y moral (en cuanto economiza sufrimiento) inquirir el signo de los tiempos.

Frente a nosotros no se economizó el sufrimiento.”

Nota del 28 de agosto de 1956. El Escorial.

 

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