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Bernad Guillén, Rosario

Enviado por Verónica Cano … el
Datos biográficos
Fecha de nacimiento
¿1924?
Fecha de muerte
2000
Profesión
Limpiadora

BERNAD GUILLÉN, Rosario (¿1924?-2000). Hermana menor de una estirpe inmensa, casi inabarcable, siendo el mayor de todos Simeón Bernad Guillén. Eran más de dieciocho hermanos, dicen… aunque en aquellos tiempos la infancia era frágil y muchos apenas llegaron a quedarse. Entre ellos y ella mediaban años y destinos distintos, pero todos compartían el peso de una época dura.

Rosario creció deprisa. Demasiado. Desde muy joven trabajó de rodillas, fregando suelos ajenos con la dignidad de quien no tiene más opción que resistir. Todo lo hacía por sus hijas, por ofrecerles un futuro un poco más amable que el suyo. Aún siendo casi una niña, quedó embarazada de José Coves. Aquel primer hijo, Pepito, no llegó a conocer el mundo como merecía: nació con una grave deformidad y fue enterrado sin bautizar, en el temido Patio de los Condenaos del Cementerio Viejo de Elche. Un comienzo marcado por el dolor.

Pero la vida, obstinada, siguió su curso. Volvió a quedarse embarazada, esta vez de Lolita, quien sería mi abuela. Y entonces Rosario tomó una decisión que, en su tiempo, debió de sacudir miradas y conciencias: plantó al hombre con el que iba a casarse, allí mismo, en el altar. Ante los testigos —su hermano Simeón y la señora para la que servía— eligió su propio camino. Eso sí, exigió algo irrenunciable: que José reconociera a su hija. Y así fue. Lolita creció bajo el cuidado de sus tíos, Simeón y Josefa, mientras su padre formaba otra familia.

El amor, sin embargo, no había terminado con ella. Llegó de nuevo, vestido de uniforme, en la figura de José Ferrándiz. Con él encontró un remanso, una segunda oportunidad. Se casaron y tuvieron a Manuela, la pequeña Manolita. Pero la felicidad fue breve: las heridas de guerra que él arrastraba acabaron arrebatándoselo, dejando a Rosario viuda, con el alma rota pero en pie.

Y aún así, volvió a levantarse. Porque esa era su forma de vivir: resistiendo, reconstruyéndose. Tiempo después, compartió su vida con otro hombre, también llamado José, mayor que ella (por aquel entonces, ella rondaba los 40 años), viudo y con varias hijas. Juntos cuidaban una finca cercana al yacimiento de La Alcudia, un lugar donde la historia antigua parecía susurrar entre los campos. Allí, entre tierra y juegos, su hija Manolita corría libre, incluso compartiendo juegos con los hermanos Ramos Folqués. De él también enviudó.

Aún en la mitad de su vida, cuando parecía haber aprendido a convivir con los golpes del destino, la desgracia volvió a alcanzarla. Camino de una casa en Santa Pola, en aquel autobús lanzadera que tantas veces la llevaba de un trabajo a otro, un frenazo brusco la lanzó al suelo. La caída fue dura: su cadera se quebró, marcando para siempre su cuerpo.

Y, sin embargo, Rosario siguió siendo fiel a sí misma. No hubo quejas, no hubo reproches, ni una sola reclamación. Asumió el dolor con esa entereza callada que la definía, como si la vida le hubiera enseñado que resistir era la única forma de avanzar. Desde entonces, su paso quedó acompañado por una importante cojera, un rastro visible de aquel accidente, que quienes la conocieron recuerdan no como señal de fragilidad, sino como otra muestra más de su inquebrantable fortaleza.

Así transcurrió la vida de Rosario: sin épica aparente, pero llena de decisiones valientes, de pérdidas profundas y de una fuerza silenciosa que dejó huella. Una de esas historias que no salen en los libros… pero que lo dicen todo.

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