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Aznar y Rubio, Victoriano. Alcalde mayor de la Vila (1811)

Enviado por Jesús Andreu Sánchez el
Datos biográficos
Fecha de nacimiento
siglo XVIII
Fecha de muerte
siglo XIX

Diario de una epidemia.

Lazareto, 9 de septiembre de 1811, José Álamo, frai Antonio Basteros y Fri Mariano Ximénez informan al alcalde mayor que la situación se les está yendo de las manos. Los enterradores se encuentran continuamente borrachos, y, por más que pelean para que entierren bien los cadáveres, no lo pueden conseguir. No pueden con tanto canalla. Además, en el lazareto se encuentra una mozuela que fue asistenta de Pepa Soler, que es bastante desenvuelta y les da que recelar con unos de los asistentes. Le solicitan a la máxima autoridad mande a los enterradores que cumplan con su obligación y ordene salir del lazareto a la moza, pues no es regular que, cuando estamos viendo en este paraje el azote del Señor; se empleen estas formas disolutas.

Lazareto, 12 de septiembre de 1811. José Álamo comunicaba a D. Victoriano Aznar y Rubio que, en vista que el número de muertos se incrementaba, era preciso aumentar el número de enterradores. Proponía el médico que vinieran presos de la cárcel a cubrir tal destino, ya que se necesitaban más zanjas y con las que habían no cubrían la necesidad del día. Trasladaba que, los enterradores le pedían sus salarios y él los lleva con razones diciéndoles que no tiene dinero ni orden de la junta para pagarles; uno de ellos se llama El Marinero (que es el más racional) ya que da vergüenza porque no ha tomado ninguna ropa de los difuntos, ni va al pueblo en donde tiene algunas utilidades. Finalizaba la carta suplicando que le dijera que debía hacer e informando que, se encuentran viviendo en una baraca que presenta una hermosa vista por fuera, pero si llueve el agua cae encima de sus costillas, por lo que pedía que se les remediara para poder vivir, con esteras o alguna lona.

Lazareto. 12 de septiembre de 1811. José Álamo, fray Mariano Ximénez y frai Antonio Navarro informaban a D. Victoriano Aznar y Rubio que, durante la mañana han inspeccionado las zanjas y han comprobado como todas estaban llenas y sólo quedaba una para todo el día, no creyendo que fuera suficiente para todos los cadáveres. En la tarde de ayer se presentó un hombre que dijo venir en nombre de usted para que le dijéramos cuántos hombres necesitaban para trabajar durante la noche en las zanjas. Se le dijo que, al menos doce, pero no se presentó ninguno. Es por lo que le suplicaban que sin falta vinieran a trabaja la noche de este día, pues de lo contrario, los cadáveres se quedarán en medio del campo sin poderles dar sepultura. En el día de ayer se le solicitó dos enterradores más, y, pese a que ha venido uno sólo es insuficiente pues de los antiguos ha caído un enfermo. Solicitaban dos o tres hachas de viento para que los enterradores trabajaran en la oscuridad de la noche e incluso durante el día, pues la mayor parte de los enterradores no pueden ver lo que hacen. De ahí deriva que el fétido olor de los cadáveres se llega a percibir a distancia.

Lazareto, 22 de septiembre de 1811. José Álamo, fray Francisco Navarro y fray Antonio Bastero, al frente del referido lazareto, informan a Victoriano Aznar y Rubio, alcalde mayor de la villa, la muerte de Agustín Román y su esposa Manuela Oliver. En puertas de la muerte dispusieron su testamento en un papel, en presencia de los ya nombrados y del padre fray Mariano Ximénez, del siguiente tenor:

Entregaban a los padres en el mismo acto, 20 dineros y 6 reales de vellón, más una porción de llaves. El destino que daban al dinero era para que dijeren misas por parte de los padres con intención de su alma y la de su mujer. También dejaban 100 arradas, en su testamento, especificando los sitios y parajes donde confesaban tener en su casa escondido el dinero, así como también, los sujetos que les son acreedores.

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