Andersen, Hans Christian

Datos biográficos
Fecha de nacimiento
2 de abril de 1805
Lugar de nacimiento
Odense, Dinamarca
Fecha de muerte
4 de agosto de 1875
Lugar de muerte
Copenhague
Profesión
Escritor

DE CUANDO LA SIRENITA Y EL SOLDADITO DE PLOMO ESTUVIERON EN ELCHE

   Como se sabe, desde finales del siglo XVIII y a lo largo de todo el XIX, Elche fue una deseada perla en el joyero de cuantos caminantes europeos, cual infatigables peregrinos, se aventuraron por los polvorientos y peligrosos caminos de España. Famosos escritores y periodistas, amantes de lo ignoto y misterioso, cuyos nombres nos dejó la Historia. En especial uno, del que no teníamos noticia, nos ha sorprendido de forma grata encontrar. Se trata del fabulador danés Hans C. ANDERSEN cuyos cuentos, como La Sirenita o El Soldadito de Plomo, entre otros, nos deslumbraron en la infancia. Relatos cortos que no solo movían nuestros juveniles sueños e ilusiones, trasladándonos a celestes regiones de ilimitado amor y felicidad “sin cuento”. Aprendimos con ellos a entusiasmarnos y amar la lectura; descubrir, estimar y formarnos en los humanos valores cívicos de solidaridad y convivencia, y toda la moralidad que fomentan en los espíritus jóvenes sus máximas provechosas. Fecundo entretenimiento y cultura, bienes tan escasos como precisos en un mundo tan hastiado por tanta corrupción y violencia como deseoso del constructivo y necesario sosiego y la fraternal paz familiar y social. 

   En 1860, durante cuatro meses, este danés de fama mundial, viajero de fácil, amena e irónica escritura y penetrante  observación, recorrió las principales ciudades, no solo de España, también de Portugal, que recopiló en un libro cuya primera impresión en danés se publicó en 1860 y, en inglés, en Londres, en 1863. Lugo, seguirían otras ediciones en distintos países anglófonos. Hoy, su obra, ANDERSEN’S WORKS, es una clásico de viajes a la Península Ibérica (España y Portugal) de difícil localización. En nuestro caso, manejamos la edición de Boston (EE.UU.), de 1864. La parte que hemos traducido se corresponde con la primera mitad del Capítulo V, que es donde se cita a nuestra ciudad, como punto de parada y refresco de las renqueantes diligencias que unían las capitales alicantina y murciana antes de que el “infernal” ferrocarril precisamente en construcción en aquel año, modernizara los medios de transporte, su agilidad, seguridad y capacidad.

                                        LOS TRABAJOS DE ANDERSEN

              Editado por Houghton, Mifflin and Company. Boston (EE.UU.)  1864

     

                Capítulo V: VIAJE EN DILIGENCIA DE ELCHE A MURCIA

   Alicante es una de las principales estaciones invernales a lo largo de la costa española. Para ir a Granada, nos hubiera convenido más ir en barco desde Alicante a Málaga y de allí, por tierra, a Granada, pero no hubiéramos podido ver Murcia, que se nos describió como una ciudad muy interesante… y podremos ver el famoso palmeral de Elche, el más grande de Europa… El viaje estaba expuesto a las más terribles historias de ataques y robos, pues la región entre Alicante, Murcia y Cartagena tenía tan notoria mala fama como la misma Sierra Morena. Sin embargo, nuestro Cónsul y todos los españoles con quienes hablamos sobre el tema, nos aseguraron que no teníamos nada que temer; que la vigilancia era excelente, y todos los caminos perfectamente seguro; que podíamos viajar con las bolsas abiertas en nuestras manos, que nadie cogería un céntimo.

    El reloj dio las cuatro, cuando la estrecha tartana, repleta de mercancías y viajeros, sacudida por un chirriante ruido, se ponía en marcha, tirada por diez mulas cargadas de cascabeles… Conforme amanecía y podía verse mejor, el paisaje tomó aspecto de una pintura gris… El camino se vuelve de mal en peor y emula los relatos más espantosos que se puedan leer sobre las carreteras españolas… Pero el descuidado y pésimo camino nos llevaba a un país que es un perfecto paraíso, oasis de belleza, cual jardín encantado de Armida (mítica mujer seductora, armada de imponente belleza, N. del T.). Conforme nos acercábamos a Elche, veíamos su valle de árboles cargados de frutos y su amplio palmeral; el más grande y bello de Europa. Enormes palmeras elevan aquí sus verticales troncos cubiertos, por así decir, de capas de escamas sorprendentemente gruesas y, sin embargo, delgados en toda su gran altura. De la copa, los dátiles cuelgan en grandes y gruesos racimos, junto a las largas y verdes palmas. Todo el sotobosque está ocupado por granados, cuya fruta, de color rojo intenso, brilla entre hojas oscuras; también, las granadas cuelgan ondeando, como verdes y grandes festones de fruta; aquí y allá, limoneros de fruto amarillo pálido, contrastando con las rojas granadas. Estábamos en la casa de la exuberancia; radiante círculo del sol Shakuntalá (mujer de inquietante beldad que sedujo al sabio Mitra, según el Mahabharata, N. del T.).

                                              Elche sólo hay uno en España

   En el conjunto de nuestro recorrido de este día se nos abrió nueva vista; un trozo de la naturaleza que nos recordaba Tierra Santa. Cruzamos estepas de piedras quemadas y saciamos nuestra sed con agua fresca de pozos; nos quemaron los rayos del sol y el aire caliente, como en los valles de Palestina, pero, ahora, como el Rey David, gozábamos a la sombra de las palmeras y, como sus discípulos, paseábamos sus paisajes.

  La rica campiña valenciana puede ser definida como un jardín de hierbas aromáticas. Los alrededores de Elche son un parque de Pascua; ramo de palmas de España; corona floral de varias millas de circunferencia. La ciudad en sí, tiene unos dos mil habitantes. En época romana era más grande e importante; el mar llegaba hasta ella y Elche tenía puerto. Recorrimos un corto camino bordeando muros de color marrón amarillento tapizados de plantas en floración, ricas y frescas. En la pequeña venta donde repostó la diligencia nos bebimos un chocolate. Luego de dar una hora de descanso a las mulas, de nuevo enjaezadas con sus tintineantes adornos de latón, nos apretamos, otra vez y como antes, en la diligencia, que ahora salía para Orihuela cuyo fructífero campo goza de tal reputación entre los españoles, que dicen: "Llueva o no llueva, siempre hay trigo en Orihuela."

Como dejamos dicho, interrumpimos aquí nuestra traducción, pues el relato que sigue, si bien de indudable interés tanto como el resto de esta obra, excede nuestros propósitos.

 

 

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