Datos biográficos
AMORÓS SÁNCHEZ, Antonio (Callosa de Segura, 1945). Escriptor i polític socialista retirat que ha sigut portaveu del PSPV-PSOE en la Diputació d'Alacant i membre de l'executiva federal. Va estudiar a l'Institut Laboral d'Oriola i després de graduar-se, va estudiar Filosofia i Lletres a la Universitat de Múrcia, on va connectar amb el món del teatre. Va fer a França cursos de Sociologia i Estètica del Teatre, Direcció escènica i Animació a les universitats de París X Nanterre i Tolosa de Llenguadoc i també va treballar com a actor. Al seu torn fou director del departament de Teatre de l'anomenada Universitat popular d'Elx, ciutat on va ser triat regidor de Cultura (1983-1987) pel PSPV amb Ramón Pastor Castell d'alcalde en les Eleccions municipals espanyoles de 1983, època en la qual va ser finalista en el 'Premi Carlos Arniches Barreda' amb l'obra La dictadura del Plutoni el 1986 i va guanyar el premi de la mítica llibreria alacantina «Set i Mig» [1] especialitzada en textos en català, a més de dirigir la revista La Tramoia [2] de crítica teatral.
Des de 1991 va ser diputat provincial pel PSPV en la Diputació alacantina i membre de la Junta Rectora de l'Institut Alacantí de Cultura Juan Gil-Albert.[3][4] Com a diputat general de Cultura,[5] durant la presidència d'Antonio Mira-Perceval Pastor, fou el coordinador de la 'Comissió Organitzadora de l'Homenatge a Miguel Hernández Gilabert' pel 50è Aniversari de la seua mort en la presó alacantina[6] que va consistir en un congrés internacional sobre la seua obra, exposició catalogada i l'edició d'un volum sobre el poeta[7] amb el suport del Govern d'Espanya presidit per Felipe González Márquez i la Generalitat Valenciana de Joan Lerma i Blasco. Després de les Eleccions municipals espanyoles de 1995 va passar a l'oposició com a membre de la comissió de Cultura i de la de Foment, també des del partit judicial d'Elx.[8] El 1999 va tornar a la comissió de Cultura[9] des del partit judicial d'Oriola, però a més estrena la seua obra de teatre històric il·licità Bateig de la moreria del raval;[10] el 2003 va arribar a ser el portaveu del PSPV en la Diputació, a més de vicepresident de la comissió de Cultura i membre de la comissió especial de Comptes.[11]
Al següent mandat començat el 2007 va repetir amb els mateixos càrrecs, però el 2010 va haver de dimitir com a portaveu[12] a petició del secretari general del PSPV Jorge Alarte Gorbe per la seua implicació en el Cas Brugal. No hi fou l'únic implicat, també els regidors i càrrecs socialistes de la veïna Favanella (Múrcia).[13] La seua amistat amb Ángel Fenoll Pérez[14] va ser definitiva, encara que va continuar com a vicepresident de la comissió de Cultura i membre de la comissió especial de Comptes,[15] Alarte també es va dirigir a Mariano Rajoy Brey perquè prenguera exemple respecte a José Joaquín Ripoll Serrano aleshores president de la Diputació. Amorós tampoc va concórrer [16] a les Eleccions municipals espanyoles de 2011, i per estar imputat[17] el nou secretari del PSPV Ximo Puig li va demanar la seua dimissió dels càrrecs orgànics en el PSPV i en el comité federal del PSOE.[18] Amorós es va desvincular del seu partit el 2016[19] mantenint la seua innocència.
Referències
↑ Diari La Veu. Recordant la llibreria Set i Mig d'Alacant
↑ «Enciclopèdia Catalana: revista La Tramoia». Arxivat de l'original el 2019-03-21. [Consulta: 21 març 2019].
↑ L'Institut de Cultura Gil-Albert 2007
↑ Junta Rectora de L'Institut de Cultura Gil-Albert 2011
↑ Corporació Provincial 1991-95
↑ El País. Poeta Miguel Hernández
↑ "Homenaje a Miguel Hernández. Poeta (1942-92)" VVAA editat per Institut Alacantí de Cultura Juan Gil-Albert junt altres institucions valencianes (1992) Alacant ISBN 84-7784-933-1
↑ Corporació Provincial 1995-99
↑ Corporació Provincial 1999-2003
↑ Onda Cero "Bateig de la moreria del raval"
↑ Corporació Provincial 2003-07
FONT: Viquipèdia
"Expediente PE10-227.018
Cliente: Antonio Amorós Sánchez
Contrario: Ángel Fenoll Campillo
Asunto: Procedimiento abreviado 133/2017
Juzgado: Audiencia Provincial S.7 Alicante
Resumen
Resolución 15-X-2024 Lexmet. Sentencia absolutoria del cliente, sin condena en costas".
¿Y ahora qué?
Artículo de Antonio Amorós en Información, 17-X-2024
"En relación con el juicio oral del caso Brugal debo decir que nunca entendí de que se me acusaba, en su inicio pude advertir la falta de consistencia de unas acusaciones sin contenido alguno, solo por haber conversado, como portavoz del PSOE en la Diputación, por temas de gestión, con alguno de los acusados.
Con independencia de mi inocencia total, con la sentencia absolutoria por parte del tribunal, me pregunto quién y cómo se puede reparar todo el daño sufrido. Ha sido una pena de “banquillo” muy cumplida. Ocho meses de juicio oral que, sumados a catorce años de instrucción, hacen que sea muy llamativo que la Justicia funcione con estos tiempos.
Nunca imaginé que se hiciera caso de las interpretaciones teóricas y ficticias de la policía y no se utilizara ningún filtro para discernir la verdad de la ficción, y me mantuviera en esta causa. Ello también me conduce a ciertas sospechas de índole política auspiciadas por personas contrarias al proyecto que yo defendía como grupo influyente en el PSPV.
He tenido que aguantar las interesadas y falsas declaraciones de los que siempre consideré compañeros cercanos de partido, algo que duele especialmente cuando se trata de personas que te conocen bien y, que no sólo han mentido, sino que han visto una oportunidad para engrandecer su falsa aureola de personas intachables, aunque sea a costa de pisotear el honor de un compañero del que no existe la menor prueba de las acusaciones vertidas, primero porque son falsas y, segundo, porque conocen perfectamente los contrapesos espurios e interesados puestos en juego en este juicio, que avala, a mi favor, la claridad de la sentencia. Les hablo de Jorge Alarte, exsecretario general del PSPV, político de escasa altura que, sin estar imputado, anunció mi expulsión de la organización, cosa que nunca ocurrió. Su desafortunada actuación, más su oposición a la moción de censura en Benidorm fue determinante para que perdiera la secretaría general en el XII Congreso del PSPV.
También de otro oscuro personaje, Antonia Moreno, que intervino en el juicio y cuya animadversión hacia mí y a otros miembros de la dirección de mi partido era de todos conocida, con la que no compartía el mismo proyecto político en el PSOE. Las declaraciones de Antonia Moreno en el juicio fueron desmentidas por alcaldes y concejales de mi partido y miembros del consorcio de la diputación al declarar que nunca recibieron indicación alguna para orientar el sentido de su voto, ni tampoco del PSOE, mi partido. Su declaración ante el Tribunal supone, no solo una vergüenza para el PSOE, siendo en aquel momento delegada territorial de la Generalitat en la Provincia de Alicante, sino una falta muy grave en el ámbito judicial.
Se me acusó de manera aleatoria, aventurada, sin rigor ni hechos concretos, dejándome en un estado de inestabilidad emocional y de indefensión ante unos hechos que nunca existieron, ni tampoco los responsables de la supuesta investigación, funcionarios públicos policiales, reconocieron la enorme equivocación en la que sostenían la acusación contra mí, favorecer al Sr. Fenoll, cuando todos los votos del PSOE fueron en contra de sus intereses.
En lo personal, todas las irritaciones, calumnias, maldades y profundo sufrimiento que ha representado para mi este proceso, prolongado, además, sobre un periodo que representa más de un diez por ciento de la vida que me tocará vivir, es un hecho espeluznante. ¿Alguien puede hacerse una idea de lo que estoy diciendo, mucho más cuando nada ha tenido que ver conmigo? ¿Y ahora qué, cómo se rehacen todos y cada uno de esos años de oscuridad? Cuando uno sufre la pérdida de un ser querido, el tiempo palía y conforma tu dolor. Contrariamente, una cosa así la acrecienta y hace la vida insufrible, cuando se está a la espera de una sentencia durante tantos años, de unas prácticas contra las que he luchado durante toda mi vida ¿Alguien entiende lo que digo? Es mi sufrimiento, es el de mi familia, el de mis amigos y mis conocidos y el de mis compañeros de partido, que me conocen de verdad y han luchado conmigo para que nunca se perpetúen las injusticias ni la falta de justicia.
28 años de servicio público en las instituciones, Ayuntamiento y Diputación, jamás, ni una sola vez he tenido problema de ningún tipo, y menos judicial. Nunca tuve que soportar acusaciones de mala gestión, de irregularidades en mi cometido municipal o provincial. Nada de nada. Bien al contrario, dediqué mi esfuerzo en convertir la función política e institucional en un instrumento al servicio de la ciudadanía con la decencia, la ética y la honestidad que requiere este cometido, defendiendo siempre los valores y la dignidad de las personas. Ese ha sido mi comportamiento a lo largo de todos estos años.
Yo sé muy bien quién soy, y nada tuve que ver con esa ola de corrupción nacional con la que nos desayunamos a diario, en la que asistimos con grabaciones explícitas y vergonzantes, cómo se ensucia la política y se juega con el poder judicial y con la democracia de nuestro país.
Tan solo me queda agradecer a mi partido el respaldo que, durante todos estos años me ha proporcionado, y en particular a la Agrupación Socialista de Elche, y a las entidades e instituciones públicas de mi ciudad".
Justicia y Memoria: El valor de una trayectoria
"Cuando uno se sienta a hacer balance de una vida dedicada al servicio público, no puede hacerlo sin cierta dosis de honestidad y perspectiva. Esa es la intención de este relato: recordar de dónde venimos, qué construimos y, sobre todo, con qué armas nos defendimos cuando la tormenta arreció.
En sus años al frente de la concejalía de Movilidad de Elche, Antonio aprendió que transformar una ciudad es una carrera de fondo, no un esprint. Los logros que consiguieron —la peatonalización del centro, la mejora del transporte público o la pacificación del tráfico— no fueron fruto de la casualidad, sino de un trabajo constante, dialogado y, sobre todo, útil para los ciudadanos. Ese es su orgullo y el aval que los ilicitanos pudieron juzgar día a día.
Pero sería ingenuo ignorar el contexto en el que esos logros se produjeron. En septiembre de 2010, su nombre apareció vinculado al 'caso Brugal'. Fue un huracán mediático y político. En ese momento, Antonio actuó con la responsabilidad que le exigía su cargo: dimitió como portavoz socialista en la Diputación de Alicante para no dañar a la institución, pero se mantuvo firme en el Ayuntamiento. ¿Por qué? Porque, como bien defendió entonces el alcalde Alejandro Soler, y la Ejecutiva, su gestión, desde siempre, en el ayuntamiento y en todas aquellas responsabilidades que ha tenido, era "ejemplar" y no afectaba en aquel momento a la gobernabilidad de la ciudad. Él confió en su inocencia, como tantos otros ciudadanos lo hacían.
Y el tiempo, aunque haya sido implacablemente largo, le ha dado la razón.
Antonio desea registrar aquí, en la cátedra Pere Ibarra, y donde proceda, para que no quede en el olvido ni en la rumorología, lo que la Justicia española dictaminó finalmente. El 15 de octubre de 2024, la Sección Séptima de la Audiencia Provincial de Alicante, con sede en Elche, dictó sentencia absolutoria en la última pieza del 'caso Brugal'. No hubo medias tintas: el tribunal absolvió a todos los acusados, incluyéndolo a él, al no encontrar pruebas de delito alguno.
Los magistrados fueron contundentes: no existió ningún acuerdo ilícito para manipular los consejos, todas las decisiones fueron colegiadas y libres. Tras 258 páginas de sentencia y más de una década de proceso, se desestimaron los delitos de cohecho, prevaricación o tráfico de influencias que le imputaba la Fiscalía. Fue absuelto. Rotundamente.
Antonio escribe esto no por rencor, sino por justicia histórica. Durante años, fue juzgado en la plaza pública mientras colaboraba con los tribunales, seguro de su inocencia. Ahora, los hechos están ahí: la Audiencia Provincial no halló prueba alguna de delito en su actuación.
Sirva este texto para recordar que, en política, como en la vida, los proyectos transformadores se construyen con esfuerzo, pero la verdad siempre termina por abrirse paso. Su memoria, por tanto, no fue la de un diputado y concejal la de un acusado, sino la de un concejal- diputado que impulsó una política mejor para la provincia y su ciudad y que, finalmente, fue absuelto de todo por la Justicia".
Antonio Amorós Sánchez
Exconcejal y Diputado socialista
Otros textos de Antonio Amorós
Mayo de 1976
Aquel año tuvo lugar el Homenaje de los Pueblos de España, con motivo del trigésimo cuarto aniversario de la muerte del poeta oriolano Miguel Hernández. Fue en la Asamblea Democrática de Orihuela donde se concibió la idea: "Clarificar la vida y obra del poeta, tan manipuladas y falseadas, cuando no directamente perseguidas por la cultura oficial". Pero, a decir verdad, importaba poco quién encendió la primera chispa: lo verdaderamente importante fue la inmensa y generosa participación de las asociaciones democráticas y, sobre todo, de las decenas de miles de ciudadanos que respondieron con entusiasmo y coraje.
En Alicante, las reuniones de preparación, debate y programación se celebraban en la Sociedad Cultural Betis Florida, presidida por Juan Gimeno, que se adhirió desde el primer momento al homenaje. “Más tarde la plana mayor —recuerda en su libro La lucha por la democracia en Alicante Enrique Cerdán Tato— la constituye él mismo, Vicente Martínez Carrillo, Paca Samper, Antonio Amorós, Pere Miquel Campos, Adolfo Celdrán, Mario Candela y un largo etcétera de colaboradores”: políticos, profesores, pintores, cantautores, poetas, compañías de teatro independientes, el Club Miguel Hernández de Orihuela, el grupo de teatro La Guadaña, la Sociedad de Conciertos, La Carátula… y más de quinientas entidades culturales de toda España.
Antonio, en aquellas reuniones de trabajo en el Betis Florida, aportó su visión política y cultural al desarrollo del evento. Insistió, como tantos otros, en que el homenaje debía ser profundamente popular y democrático. Su colaboración en diarios como La Verdad de Alicante y en otras publicaciones permitió tender puentes con los medios de comunicación, asegurando una cobertura que sorteaba, cuando podía, las censuras de la época. Sirvió, en muchas ocasiones, de vínculo entre núcleos organizativos dispersos, siempre en defensa del espíritu del homenaje, más allá del protagonismo personal.
Fueron diez días de fervor popular, de actos organizados en plazas, barrios y locales prestados, enfrentando con valentía las constantes trabas de la autoridad gubernativa, que denegaba permisos de manera sistemática e imponía la censura total en actividades, concentraciones y conferencias. Pero no bastaron las prohibiciones para apagar el deseo de memoria: miles de personas, colectivos vecinales y artistas se volcaron con el alma en homenajear al poeta, tanto en su tierra natal como en otros rincones de España.
El barrio de San Isidro se convirtió en una gran ágora de subversión, protesta y libertad. Allí, Enrique Cerdán Tato, alma y gran protagonista del homenaje, clamaba en una de sus alocuciones públicas por la libertad, por la excarcelación de los presos políticos, muchos de ellos aún sin juicio. Las manifestaciones se sucedían al grito de "¡Libertad!", "¡Democracia!" y “¡República!”, mientras los grises, la Guardia Civil, y también la policía local, cargaban brutalmente contra los manifestantes en Elche —siendo alcalde Vicente Quiles— y en Orihuela, donde gobernaba Manuel Benigno. Durante el día, las fuerzas del orden hostigaban al público que asistía a los actos, pidiéndoles la documentación de malas maneras, en un acoso constante que generaba angustia, desazón y una violencia psicológica difícil de soportar.
El aire de aquel mes de mayo estaba cargado de valentía y también de riesgos. Los ecos del franquismo aún resonaban en las esquinas y en las plazas, pero ya no alentaban miedo. No era el temor el que habitaba en las calles, sino el coraje de quienes sabían que tarde o temprano todo habría de cambiar. La ausencia de Miguel Hernández, su ausencia tan presente, convocaba a los que se negaban a olvidar. Porque la memoria, en aquellos días, era un acto de resistencia.
Dentro de aquel torrente humano, la contribución del grupo de teatro La Guadaña fue absoluta: en los bastidores de la organización, en el trabajo silencioso de coordinar, sostener, hacer posible lo que parecía imposible. Antonio no era sólo el director de la Guadaña; fue también uno de los promotores y firmantes de la convocatoria nacional, implicándose activamente en la Comisión Organizadora junto a intelectuales, periodistas y artistas de renombre. Sus nombres aparecían, junto a cientos de otros, en las listas de adherentes que entonces circulaban como hojas clandestinas de esperanza. Muchos de ellos fueron luego olvidados en documentos y publicaciones sobre el homenaje, habiendo sido actores significativos en la organización real. Y otros que sí figuraban en esas listas, eran prácticamente invisibles en la participación efectiva de los actos.
Sobre aquel homenaje queda hoy abundante documentación: documentales, fotografías, cartelería… Antonio recuerda bien cuando Pepe Díaz Azorín le prestó una cámara fotográfica fabricada en Rusia, por cierto, para que registrara toda la actividad que se desplegaba en el barrio de San Isidro. Así lo hizo: decenas de instantáneas que inmortalizaban a los asistentes, a los artistas plásticos creando murales en las paredes encaladas del barrio, a la vida misma abriéndose paso entre la represión. Todo aquel material, cuidadosamente reunido, lo entregó a Díaz Azorín, quien a su vez lo hizo llegar a Martínez Carrillo.
Como un estallido que aún hoy sorprende a quienes pasean por Orihuela, los grandes y espectaculares murales del Barrio de San Isidro, testigos vivos de tiempos de insurrección artística y de protesta, reivindican el legado del poeta, muerto en la cárcel de Alicante hacía 34 años. Porque en aquellos días, se abría una puerta a la esperanza y a un futuro mejor.
Elche–Elx, 1984: memoria de una decisión histórica
El aire espeso del salón de plenos
"Hay plenos municipales que se olvidan al salir del Ayuntamiento. Y hay otros que permanecen para siempre porque, mientras uno escucha y participa en ellos, comprende que lo que allí sucede ya forma parte de la historia íntima de una ciudad. El pleno del 28 de febrero de 1984 fue uno de esos momentos decisivos.
Aquel día, en el Ayuntamiento de Elche, se debatía oficialmente la denominación bilingüe “Elche–Elx”. La corporación municipal que afrontó aquella decisión había surgido de las elecciones de mayo de 1983. El PSOE gobernaba con mayoría absoluta, lo que garantizaba sacar adelante el acuerdo desde un punto de vista estrictamente numérico. Sin embargo, todos sabían que aquello no era una cuestión de votos ni de simples cálculos políticos.
La ciudad atravesaba entonces un tiempo convulso, intenso y extraordinariamente vivo. Elche estaba marcada por la movilización vecinal, los conflictos laborales y un profundo debate público sobre su futuro. Todo parecía estar redefiniéndose: las calles, el trabajo, los símbolos, la cultura y hasta las palabras con las que la propia ciudad se reconocía a sí misma.
Por eso, reducir lo sucedido aquella tarde a una discusión administrativa o meramente lingüística sería falsear la realidad. Lo que verdaderamente estaba en juego era algo mucho más profundo: la memoria cultural de la ciudad, la dignidad de una lengua, la convivencia democrática y el derecho de un pueblo a reconocerse plenamente en su propia historia.
Recuerdo todavía el aire espeso del salón de plenos. La tensión podía tocarse. El público abarrotaba la sala y desde mucho antes de comenzar el debate ya se intuía que aquello no iba a ser una sesión ordinaria. Había una agresividad creciente, una mezcla de miedo, crispación y resentimiento alimentada desde determinados sectores políticos y sociales que vivían cualquier recuperación de la identidad valenciana como una amenaza.
Mientras interveníamos comenzaron los gritos, los abucheos, las interrupciones constantes. Algunos levantaban tarjetas rojas como si estuvieran en un campo de fútbol. Otros pedían directamente mi expulsión de la ciudad. Nunca olvidaré aquella sensación de hostilidad dentro del propio corazón institucional de Elche.
Y, sin embargo, jamás me dolió la discrepancia política. Lo verdaderamente doloroso era comprobar cómo, apenas unos años después de la dictadura, todavía había quienes no entendían que la democracia también consistía en aceptar que una sociedad debía poder debatirse a sí misma sin recurrir al insulto ni al señalamiento personal.
Nunca fue una batalla contra nadie.
Nunca quisimos borrar el nombre de Elche ni sustituir una identidad por otra. Lo que defendíamos era precisamente la convivencia natural entre las dos formas históricas de nombrar nuestra ciudad. “Elche–Elx” no nacía de la exclusión, sino de la reconciliación. Era una manera de devolver oficialmente a la ciudad una parte de sí misma que durante demasiado tiempo había permanecido relegada.
Aquel debate no surgió de la nada. Formaba parte de un momento político y cultural extraordinariamente intenso. La corporación municipal elegida en mayo de 1983 vivía en medio de una ciudad convulsa, movilizada y llena de energía democrática. Todo parecía estar redefiniéndose entonces: las calles, los símbolos, la cultura y hasta las palabras con las que una ciudad quería reconocerse a sí misma tras décadas de silencios impuestos.
Las calles donde volvió la tradición y su lengua
Desde la concejalía de Cultura impulsamos en aquellos años la recuperación de sesenta y seis nombres históricos en valenciano para calles del casco antiguo. Aquello tampoco era casualidad. Formaba parte de una misma tarea moral y política: reconstruir la memoria democrática y cultural de Elche. Y en ese trabajo hubo muchas personas imprescindibles.
Recuerdo especialmente la colaboración de Josep Raimon Sastre en la recuperación histórica de los nombres tradicionales de las calles. Y también el compromiso de Antonio Alberola, Andreu Morell, Joan Carles Martí, Juli Moreno… y tantos otros hombres y mujeres que ayudaron a normalizar culturalmente la presencia de nuestra lengua desde la literatura, la enseñanza, el periodismo y la vida cultural ilicitana. No eran gestos folclóricos. Era un compromiso profundo con la dignidad cultural de un pueblo.
En aquellos años impulsamos también iniciativas culturales en valenciano y creamos premios literarios como el “Toni Bru”, de narrativa, y el “Ciutat d’Elx”, de poesía, porque entendíamos que una lengua no sobrevive únicamente desde las instituciones: necesita también cultura, creación y reconocimiento público.
Entre la prudencia electoral y el deber político
Y aun así había quien repetía que “no era el momento”. Incluso dentro de mi propio espacio político existían dudas. Algunos compañeros temían que avanzar demasiado rápido pudiera fracturar la convivencia. Recuerdo que llegó a comentarse que el entonces conseller Ciprià Ciscar había dicho en privado que quizá “no era el momento”. Siempre me costó creerlo, no lo creí. Porque si precisamente la cultura y la educación no servían para liderar estos procesos de recuperación democrática, ¿entonces para qué servían? Yo sí creía que era el momento. Siempre he pensado que hay decisiones que no pueden aplazarse indefinidamente sin caer en la cobardía política. La historia nunca avanza dando pasos atrás. Y las instituciones democráticas tienen también la obligación de reparar silencios y devolver legitimidad a aquello que una sociedad ha perdido o le han obligado a olvidar.
La legitimidad frente al miedo
Aquel acuerdo salió adelante gracias a la mayoría absoluta socialista. Y después los informes del Gabinete de Uso y Enseñanza del Valenciano y del Institut de Filologia Valenciana de la Universitat de València confirmaron jurídicamente lo que para nosotros ya era una convicción ética y cultural. Más tarde, la Generalitat Valenciana ratificaría oficialmente la denominación bilingüe mediante el Decreto 202/1985.
Pero yo no recuerdo aquella noche por los expedientes administrativos. La recuerdo sobre todo por el silencio final. Cuando terminó el pleno, el ambiente fuera del Ayuntamiento seguía siendo extremadamente hostil. La policía municipal decidió acompañarnos discretamente hasta casa a Tudi Torró y a mí. Caminamos en silencio por las calles de Elche, escoltados por los agentes. Había cansancio, preocupación y también una extraña serenidad interior.
Recuerdo especialmente la mirada de Tudi aquella tarde. No reflejaba miedo. Reflejaba tristeza e indignación ante tanta agresividad inútil. Y con los años he comprendido que aquella mirada decía mucho más que todos los discursos pronunciados aquel día. Porque para mí aquello nunca fue solamente una cuestión lingüística.
Siempre entendí que defender la cultura y la lengua de los valencianos no significaba levantar fronteras identitarias ni excluir absolutamente a nadie. Significaba reconocer la riqueza cultural compartida de esta tierra y proteger una parte esencial de su memoria colectiva. Las lenguas no deberían utilizarse jamás para dividir a los pueblos, sino para comprenderlos mejor.
Con el tiempo, el ruido de aquellos días desapareció. Los insultos pasaron. La crispación quedó atrás. Pero permaneció algo mucho más importante: la decisión democrática de una ciudad de recuperar oficialmente una parte fundamental de su identidad histórica y lingüística.
Y quizá eso sea también la política en sus mejores momentos. La posibilidad de devolver dignidad a la memoria colectiva de un pueblo".
MAYO DE 1976
"Aquel año tuvo lugar el Homenaje de los Pueblos de España, con motivo del trigésimo cuarto aniversario de la muerte del poeta oriolano Miguel Hernández. Fue en la Asamblea Democrática de Orihuela donde se concibió la idea: "Clarificar la vida y obra del poeta, tan manipuladas y falseadas, cuando no directamente perseguidas por la cultura oficial". Pero, a decir verdad, importaba poco quién encendió la primera chispa: lo verdaderamente importante fue la inmensa y generosa participación de las asociaciones democráticas y, sobre todo, de las decenas de miles de ciudadanos que respondieron con entusiasmo y coraje.
En Alicante, las reuniones de preparación, debate y programación se celebraban en la Sociedad Cultural Betis Florida, presidida por Juan Gimeno, que se adhirió desde el primer momento al homenaje. “Más tarde la plana mayor —recuerda en su libro La lucha por la democracia en Alicante Enrique Cerdán Tato— la constituye él mismo, Vicente Martínez Carrillo, Paca Samper, Antonio Amorós, Pere Miquel Campos, Adolfo Celdrán, Mario Candela y un largo etcétera de colaboradores”: políticos, profesores, pintores, cantautores, poetas, compañías de teatro independientes, el Club Miguel Hernández de Orihuela, el grupo de teatro La Guadaña, la Sociedad de Conciertos, La Carátula… y más de quinientas entidades culturales de toda España.
Antonio, en aquellas reuniones de trabajo en el Betis Florida, aportó su visión política y cultural al desarrollo del evento. Insistió, como tantos otros, en que el homenaje debía ser profundamente popular y democrático. Su colaboración en diarios como La Verdad de Alicante y en otras publicaciones permitió tender puentes con los medios de comunicación, asegurando una cobertura que sorteaba, cuando podía, las censuras de la época. Sirvió, en muchas ocasiones, de vínculo entre núcleos organizativos dispersos, siempre en defensa del espíritu del homenaje, más allá del protagonismo personal.
Fueron diez días de fervor popular, de actos organizados en plazas, barrios y locales prestados, enfrentando con valentía las constantes trabas de la autoridad gubernativa, que denegaba permisos de manera sistemática e imponía la censura total en actividades, concentraciones y conferencias. Pero no bastaron las prohibiciones para apagar el deseo de memoria: miles de personas, colectivos vecinales y artistas se volcaron con el alma en homenajear al poeta, tanto en su tierra natal como en otros rincones de España.
El barrio de San Isidro se convirtió en una gran ágora de subversión, protesta y libertad. Allí, Enrique Cerdán Tato, alma y gran protagonista del homenaje, clamaba en una de sus alocuciones públicas por la libertad, por la excarcelación de los presos políticos, muchos de ellos aún sin juicio. Las manifestaciones se sucedían al grito de "¡Libertad!", "¡Democracia!" y “¡República!”, mientras los grises, la Guardia Civil, y también la policía local, cargaban brutalmente contra los manifestantes en Elche —siendo alcalde Vicente Quiles— y en Orihuela, donde gobernaba Manuel Benigno. Durante el día, las fuerzas del orden hostigaban al público que asistía a los actos, pidiéndoles la documentación de malas maneras, en un acoso constante que generaba angustia, desazón y una violencia psicológica difícil de soportar.
El aire de aquel mes de mayo estaba cargado de valentía y también de riesgos. Los ecos del franquismo aún resonaban en las esquinas y en las plazas, pero ya no alentaban miedo. No era el temor el que habitaba en las calles, sino el coraje de quienes sabían que tarde o temprano todo habría de cambiar. La ausencia de Miguel Hernández, su ausencia tan presente, convocaba a los que se negaban a olvidar. Porque la memoria, en aquellos días, era un acto de resistencia.
Dentro de aquel torrente humano, la contribución del grupo de teatro La Guadaña fue absoluta: en los bastidores de la organización, en el trabajo silencioso de coordinar, sostener, hacer posible lo que parecía imposible. Antonio no era sólo el director de la Guadaña; fue también uno de los promotores y firmantes de la convocatoria nacional, implicándose activamente en la Comisión Organizadora junto a intelectuales, periodistas y artistas de renombre. Sus nombres aparecían, junto a cientos de otros, en las listas de adherentes que entonces circulaban como hojas clandestinas de esperanza. Muchos de ellos fueron luego olvidados en documentos y publicaciones sobre el homenaje, habiendo sido actores significativos en la organización real. Y otros que sí figuraban en esas listas, eran prácticamente invisibles en la participación efectiva de los actos.
Sobre aquel homenaje queda hoy abundante documentación: documentales, fotografías, cartelería… Antonio recuerda bien cuando Pepe Díaz Azorín le prestó una cámara fotográfica fabricada en Rusia, por cierto, para que registrara toda la actividad que se desplegaba en el barrio de San Isidro. Así lo hizo: decenas de instantáneas que inmortalizaban a los asistentes, a los artistas plásticos creando murales en las paredes encaladas del barrio, a la vida misma abriéndose paso entre la represión. Todo aquel material, cuidadosamente reunido, lo entregó a Díaz Azorín, quien a su vez lo hizo llegar a Martínez Carrillo.
Como un estallido que aún hoy sorprende a quienes pasean por Orihuela, los grandes y espectaculares murales del Barrio de San Isidro, testigos vivos de tiempos de insurrección artística y de protesta, reivindican el legado del poeta, muerto en la cárcel de Alicante hacía 34 años. Porque en aquellos días, se abría una puerta a la esperanza y a un futuro mejor".
Teatro Llorente
"En el año 1944, Cesáreo Moreno iniciaba en nuestra ciudad una de las aventuras artísticas más importantes de la época. Con el “Grupo Artístico de Educación y Descanso” continuaba una tradición escénica y devolvía la vida a uno de los espacios más emblemáticos y representativos de la sociedad ilicitana del último siglo: el Teatro Llorente.
Este teatro había comenzado a gestarse a mediados del siglo XIX por iniciativa de Luis Gonzaga Llorente, ilustre ciudadano al que el pueblo de Elche dedicó una calle —o tramo urbano— entre Candalix y Maestro Albéniz. Apoyado por un grupo de ilicitanos emprendedores y amantes del arte de Talía, el teatro fue inaugurado en 1865. Desde entonces desarrolló una actividad cultural intensa y significativa, impulsada por una élite social preocupada por promover las artes y la cultura en una ciudad donde ambas escaseaban notablemente.
Cuando Cesáreo Moreno asumió la organización y dirección del Teatro Llorente encontró un local prácticamente abandonado desde el final de la Guerra Civil. El edificio presentaba un estado deplorable: suciedad, polvo, frío y silencio dominaban aquel espacio desolado; los palcos aparecían desconchados y descoloridos por el abandono; las pocas butacas existentes estaban rotas y desbaratadas. Tan solo el escenario se mantenía firme y aprovechable, junto con la sorprendente conservación del telón de acero, el conocido “cortafuegos”. Ante semejante panorama, Moreno y sus colaboradores decidieron recuperar el teatro para alejar de él las ausencias y tristezas acumuladas durante años de inactividad y devolverle así su función cultural y artística.
El “Sindicato Vertical” no impidió que el grupo artístico acondicionara el local según su propia concepción del espectáculo. Los propios miembros confeccionaron las cortinas y decoraron con telas rojas las entradas al escenario, dejando el teatro en condiciones óptimas. La actividad artística se centraba en las variedades, los números cómicos y el teatro, aunque también realizaban montajes infantiles, casi siempre de terror, destinados a provocar miedo y emoción entre los numerosos niños que acudían cada domingo por la tarde. Las funciones para adultos se celebraban a las siete y a las diez de la noche, aunque era los sábados, hasta bien entrada la madrugada, cuando el público acudía atraído por el misterio y la curiosidad que rodeaban aquellas representaciones.
Antes de cada función se interpretaba una canción compuesta por el propio Cesáreo Moreno. La interpretaban Teresita Miralles, Pili y José Martínez, acompañados por el conjunto de baile “Las 6 Esmeraldas” y amenizados por la orquestina “Llorente”. La pieza, titulada Nuestro Teatro, servía de estímulo tanto para los artistas como para el público, que coreaba emocionado sus versos:
“Guitarras, cantares, vinos y alegría, brillo de caireles y claveles grana;
rostros de mujeres bellas cual luceros: estas son las cosas de la tierra hispana…”
El grupo estaba formado por gentes del pueblo, pero profundamente entregadas a su vocación artística. Cantaban e interpretaban con tal pasión que, según se decía entonces, “al público le hervía la sangre”. Todos los artistas gozaban del cariño popular: Josefina Lozano, estrella de la canción; José Martínez, estilista gitano; Natalia Costa, símbolo de simpatía; Teresa Miralles, canzonetista; Luis Marco, creador de melodías; Vicenta García “La Morena”; Maruja Sepulcre, canzonetista; Francisco García, cantaor flamenco; o Iluminada Vicente, bailarina. También destacaban la pareja de baile “Rillo-Berna”, los humoristas “Tony-Pepote” y el “Terceto Tropical”, especializado en corridos y rancheras. Merece una mención especial José Galipienso, director musical, excelente pianista y “un pedazo de artista” que alternaba sus actuaciones entre el Casino y el Teatro Llorente.
El éxito de esta iniciativa despertó inquietud y malestar en determinados sectores de la sociedad ilicitana y, sobre todo, en otros elencos artísticos que contemplaban con sorpresa los buenos resultados del grupo dirigido por Cesáreo Moreno. Las envidias y los celos comenzaron a deteriorar las relaciones entre compañías que, en teoría, compartían el mismo objetivo: mantener vivo un movimiento artístico autónomo en la ciudad. Los problemas aumentaron cuando el alcalde Luis Chorro, aconsejado por personas nunca identificadas claramente, ordenó suspender algunas funciones alegando falta de recato e incluso inmoralidad en la vestimenta de ciertas artistas, especialmente Iluminada Vicente, cuyas rumbas y vestidos ceñidos con aberturas hasta la rodilla eran considerados excesivos para la moral de la época. “Era una censura muy drástica. Luis Chorro era un hombre bueno, pero de ideas anticuadas y exageradas”, se comentaba entonces.
A estas dificultades se añadieron los problemas económicos derivados de las aportaciones obligatorias al sindicato, que antes habían sido voluntarias. Aquello repercutía directamente en los gastos generales de la compañía y, especialmente, en la modesta paga que Cesáreo González repartía entre los artistas más humildes, para algunos de ellos el único ingreso semanal.
El boxeo también representó una importante atracción del Teatro Llorente y una fuente adicional de ingresos para afrontar los gastos de mantenimiento del local. Más Iborra, gran aficionado al cuadrilátero, organizaba veladas con púgiles procedentes de Alicante y Murcia, convirtiendo aquellos combates en auténticos espectáculos populares.
El Teatro Llorente fue también escenario de artistas como Finita Rufete, Natalia Costa o Josefina Lozano, quien durante años recorrió España y de la que se decía que “tenía una voz que se metía dentro”. Cada fin de semana Cesáreo Moreno renovaba el programa y, según recuerdan numerosos testigos ilicitanos, “los éxitos se contaban por días de actuación”.
Durante cuatro años, el Grupo Artístico de Educación y Descanso mantuvo viva la luminaria del teatro y de las variedades; de un arte que hizo época y dejó una profunda huella en la sociedad ilicitana. Sirva como homenaje final el estribillo de Nuestro Teatro, cantado emocionadamente al pie del escenario del tristemente desaparecido Teatro Llorente:
Teatro Llorente, Teatro Llorente,
entre cantos y poesía;
Teatro Llorente, Teatro Llorente,
alegras la vida mía.
Teatro Llorente, Teatro Llorente,
Juventud con ilusión,
al son de guitarras y panderetas
quieren saludarles por medio de esta canción".
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