Campello Urbán, Vicente

Vie, 11/01/2019 - 11:09 -- Invitado
Lugar de nacimiento: 
Perleta, Elche
Fecha de nacimiento: 
29 de diciembre de 1899
Lugar de muerte: 
Elche
Profesión: 
zapatero
Militancia: 
Republlicano
Biografía: 

CAMPELLO URBÁN, Vicente. Un simple zapatero sí, pero muy culto y muy valiente, cuya conversación embelesaba. Nació en Perleta en 1899, en una pequeña casa que ni porche tenía. Su padre Manuel y su madre Ana María eran agricultores y muy pobres. Al no tener alimentos para los seis, a Vicente lo mandaron a Elche con los abuelos. Por las mañanas acompañaba a sus abuelos a misa todos los días, y luego trabajaba como aprendiz de un zapatero que le enseñó el oficio. Tuvo tres hermanos: Vicenta, madre de Gerardo y Celia (esposa del pintor Sixto Marco); Juan y Teresa. Gustaba leer cualquier libro que cayera en sus manos, gustaba leer a Voltaire, Roussau y Diderot, en una ocasión me dijo que se había leído todos los libros del Coro Clavé. Otra de las cosas que me decía y me repetía: “Tu palabra ha de tener el mismo valor que tu firma”. Casado con Francisca Alemañ Pèrez, un tipazo de mujer, según él, los hombres se volvían a mirarla cuando pasaba. Por la mili le tocó ir a la guerra de África. No solía contar mucho de aquella época, salvo una anécdota que no podía apartar de su pensamiento y lo espectaculares que eran allí los escorpiones. Me contó que estaba en un destacamento en el que no tenían agua, iban con mulos a traerla del río y estaba lejos. Un día, al regresar, encontraron a un viejo con unas cabras que les pedía agua. Vicente, que era todo corazón, le dejó su cantimplora, el anciano bebió, cuando se deshacía en agradecimiento, vino el superior y le llamó la atención ante todos, diciendo que, posiblemente, ese anciano fuera un espía. Con la misma regularidad se cambiaban a los soldados de este destacamento. Dos días más tarde hubo cambio en el relevo de los soldados. Vicente volvió a ver al anciano con las cabras cuando se marchaba. Esa misma noche fueron acuchillados todos los que habían en el destacamento. Solía decirnos : “Siempre he tenido la sensación de que aquel anciano de las cabras salvó mi vida, por haberle ofrecido mi cantimplora”. Vicente era republicano convencido, quería un gran país para su familia. A mí solía decirme: “Para que lo comprendas, la República ha gastado en educación una peseta mientras Franco, en cuarenta años, solo diez céntimos”. Tenía un vecino falangista, lo que se llama comúnmente un bocazas, los domingos los vecinos hablaban, comentaban y se discutía. Vicente rebatía las teorías al falangista y le ganaba siempre en razonamientos, lo que creó una insana envidia, que aumentaba porque Vicente tenía una mujer de bandera, mientra él tenía una muy poco agraciada. Vino la guerra y Vicente, a pesar de que ya sabía lo que era la crudeza de una guerra, fue voluntario a defender la República. Estuvo en el frente de Teruel. Vicente era un hombre valiente. Cuando acabó la guerra y regresó, no quiso huir como lo hicieron sus amigos, lo que aprovechó su envidioso vecino falangista para denunciarlo e inculparlo de graves hechos que no había cometido. Así, uno de los hombres más justos fue encarcelado. Lo encerraron en un edificio frente a Santa María, allí, le presentaron un escrito donde relacionaban todas las barbaridades que decían había cometido, claro está, se negó en rotundo a firmar tales acusaciones, la respuesta de los carceleros fue una tremenda paliza. Todos los días le presentaban el documento para que lo firmase, y cada día se negaba y recibía la paliza. De allí lo pasaron al Palacio de Altamira, donde continuaron las palizas y su negativa a firmar las falsas acusaciones. Las patadas en la cabeza le hacían sangrar hasta los oídos, dejándolo medio sordo. Mi hermana Paquita me dijo : “el que pega las palizas vive frente al cine Alcázar y se jacta de lo cansado que venía de tanto pegar”. Un día una mujer, a la que llamaban “la calderona” que llevaba la comida a los guardas y le conocía (habían trabajado en la misma fábrica), le dijo: “Vicente, de aquí solo se sale de dos formas, una es con los pies por delante y otra firmando y a la prisión de Alicante, tú tienes mujer y tres hijas que te necesitan, firma, ve a la prisión unos años y vuelve con ellas”. Vicente, medio muerto por las diarias palizas firmó y lo condenaron a seis años. En la prisión preguntaron que quienes sabían leer y escribir y Vicente levantó la mano. Después de unas pruebas, lo nombraron ordenanza del jefazo de aquel siniestro lugar.
Allí se pasaba mucha hambre, Vicente tuvo la suerte de tener una mujer excepcional, Doña Francisca Alemañ Pérez.

Observaciones: 

Soy la cuarta y ultima hija de Vicente, Testimonios directos de toda la familia.